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Filosofía del Renacimiento en América Latina

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February 14, 2016 epriani@gmail.com Sin categoría, Uncategorized

José Manuel Revuelta. Prólogo a El ensayador

Título: El ensayador.

Autor: Galileo Galilei.

Autor de la introducción: José Manuel Revuelta.

Edición: Primera

Publicación: Buenos Aires

Editorial: Aguilar.

Año: 1981

Páginas: 343

 

Prólogo.

La obra escrita de Galileo tiene una doble vertien­te: la científico-filosófica y la literaria. Si damos un breve repaso a la crítica, concluiremos por no saber a qué atenernos, pues mientras unos desta­can su aspecto literario, despreciando por comple­to su valor científico y no digamos el filosófico, otros ensalzan sobre manera su importante papel en la historia de la filosofía, y su no menor impor­tancia en el campo de la ciencia. Sea como fuere, y yo no voy a pretender en esta breve introduc­ción, sumergirme en la polémica para dilucidar cuál de estos dos aspectos es más significativo, si bien creo que el uno y el otro son inseparables, sí extraeré como consecuencia que, tanto el per­sonaje Galileo, como su obra, bien sea por su carácter polémico, o bien por haberse visto envueltos en un proceso a todas luces absurdo, co­bran una significación que no debe ser pasada por alto al hablar del Renacimiento y del naci­miento de la ciencia moderna.

En lo que sí existe unanimidad de criterio, por cuanto a la crítica se refiere, es en señalar den­tro de la abundante producción galileana, a dos obras como las más significativas: el Diálogo so­bre los dos Sistemas Máximos, ya publicada en esta colección, y esta que ahora presentarnos, por primera vez en lengua castellana.

La obra fue escrita en 1623, mejor dicho, se pu­blicó en ese año, pues Galileo inició la redacción del escrito en 1619, aunque debido a una serie de circunstancias sumamente polémicas, no vio la luz hasta ese mencionado año. No hay que ol­vidar que en 1616 había recibido la amonesta­ción verbal del Santo Oficio, por la que se le conminaba a no defender, ni de palabra ni por es­crito, la tesis copernicana, so pena de ser conde­nado cómo hereje. La elección del Cardenal Maffeo Barberini como Papa Urbano VIII, hom­bre culto y abierto a las nuevas tendencias cien­tíficas, y persona además que demostró abierta simpatía hacia Galileo, hizo a éste mostrarse más osado de lo que de por sí ya era, y se deci­dió, primero, a la publicación de El ensayador con la redacción que ahora conocernos, y más adelante a la del Diálogo Los resultados de todo ello los conocernos de sobra: la condena en 1633 de la persona y de la obra de Galileo.

En 1623, Galileo se encuentra ya en Florencia al servicio del Gran-Duque, como Matemático y Filósofo primario, y sin la obligación de aten­der la docencia. Tiene, pues, todo su tiempo a disposición para dedicarse a llevar a cabo cuan­tos proyectos en .los años anteriores había ido forjando. Galileo es ya un hombre maduro, ha­bía nacido en 1564, y deja atrás sus años de Pisa, como escolar y como docente, y también esos dieciocho años de Padua, “los mejores de mi vida”, como docente en el Estudio. Ha sopesado lo que significa el dejar la liberal y tolerante República de Venecia, a sus alumnos y amigos, y se ha decidido por una mayor seguridad eco­nómica, problema, éste, que tanto le ha agobiado durante sus años jóvenes, y por una total independencia para poder dedicarse a la publicación de sus obras.

Parece ser que, ya desde sus años pisanos Gali­leo era un convencido copernicano, pero fue sobre todo tras el descubrimiento del telescopio, cuando se va a dedicar con gran fogosidad a ganar adeptos para su causa. Se ha convencido plenamente de dos cosas: que el sistema de Ptolomeo es incapaz de explicar los numerosos problemas que la nueva dinámica está planteando, y que el sistema de Copérnico, no sólo es capaz de expli­carlos todos a la perfección, sino que abre ade­más la posibilidad de que la ciencia funcione por separado, sin las ataduras y compromisos de la Metafísica y, lo que es más importante aún, de la Teología.

El interés de Galileo en defender el sistema co­pernicano, como a su vez el de la Iglesia, en tanto que clase en el Poder, en suprimirlo, no se limita simplemente a defender una concepción astronó­mica del Universo frente a otra. Tanto un sistema como otro, en tanto que concepciones abstrac­tas sin contacto con la realidad, podían dejar perfectamente indiferentes, tanto a defensores como a detractores, si no tuviera realmente otras conexiones con problemas más concretos y, en definitiva, con asuntos que hacían referencia a la vida cotidiana. No deja de ser significativo que el copernicanismo defendido por Copérnico, en tanto que fue solamente eso, una concepción abs­tracta sobre el Universo, pasó en su tiempo libre de ataques y condenas. No hay que olvidar que el De revolutionibus orbium coelestium fue condenado en vida de Galileo, casi un siglo después de su publicación (1543). El sistema de Ptolomeo defendido por el estamento en el Poder, no era sólo una explicación del Universo, sino que estaba reforzado y, digamos, complementado, con la concepción filosófica aristotélico-escolástica, que a su vez entendía la, ciencia como una sierva de la Teología; y así, dejaba de ser una concep­ción abstracta, para pasar a ser una explicación de todos los problemas existentes, y aun de la vida misma.

Las causas aparentes por las que entra en crisis esta concepción podríamos buscarlas en razones puramente astronómicas, las cuales son ciertas, pero no las únicas, como así lo comprendió Ga­lileo, y de ahí su condena. Las razones astronó­micas fueron consecuencia del descubrimiento del, telescopio. Con él se pudieron observar las fases de Venus y de Mercurio, con él se descu­brieron los planetas mediceos, es decir, los cua­tro satélites de Júpiter. Estas eran de por sí cau­sas suficientes para demostrar que el sistema de Ptolomeo de los orbes sólidos, de las ocho esfe­ras y el primer móvil, del mundo sublunar, im­perfecto y corruptible, y el supralunar, perfec­to e inmutable, era falso. Pero las verdaderas razones, diríamos las que hacen andar a la His­toria, fueron razones referidas al mundo de la ciencia y a la vida cotidiana. Con el sistema de Ptolomeo es imposible dar razón de los nuevos problemas planteados por la dinámica, cuales son, entre otros, la caída de los graves, todos los problemas referidos al movimiento, la termo­dinámica, la acústica, la óptica, etc. Lo cual, traducido a problemas de vida cotidiana, hace referencia a problemas de navegación, de arte militar y balística, de mecánica general, etc. Y es que el sistema de Ptolomeo, sujeto a esa rí­gida concepción metafísica que lo atenaza, no puede prever estas nuevas situaciones que, si­guiendo su natural y libre curso, sin atender a razones metafísicas o teológicas, se han ido pre­sentando. Las razones, digamos, sociológicas, por las que el Poder se esforzaba en condenar el copernicanismo, son las mismas que se ven a través de toda la Historia. Un estamento en el Poder a lo que aspira es a mantenerse en él. La Iglesia, en este caso, es plenamente consciente de que el dejar a la ciencia en libertad, sin ver­se sometida a los dictados de la Teología, que es utilizada por el Poder para mantenerse, es lo mismo que firmar de inmediato su propia des­trucción. También así lo había visto Galileo, pero sin la malicia ni el interés de quien tiene algo que defender como el Poder. Por ello Gali­leo se lanzó, digamos que con enorme inocencia, a la tarea de convencer a Este de que su sistema estaba superado. Digo inocencia, porque ésa es la palabra que merece quien cree que los resortes del Poder se mueven por “razonamientos”. El arma del Poder es la fuerza, y contra Galileo fue descargada con suficiente e injusta violencia.

Ya en 1611, Galileo, con gran ardor juvenil, mar­chó a Roma, con libros, apuntes y su telescopio, a intentar a convencer con argumentos y expe­riencias (bastaba simplemente mirar a través del telescopio) a los jesuitas, de que el sistema coper­nicano era científicamente válido. Ahí empeza­ron sus males. La acogida que le dispensaron estos maestros de la falsa dialéctica fue espléndida. Era tan cierto cuanto decía como cuanto veían. Pe­ro… contra estas evidencias, quedaban las pala­bras de la Biblia. Josué en un determinado mo­mento mandó al Sol detenerse en su carrera; prue­ba evidente de que el Sol se mueve. Decir lo contrario supone atentar contra la Sagrada Escri­tura y, en consecuencia, la herejía. Pero Galileo, en su candidez, vuelve de Roma satisfecho cre­yendo que la batalla había sido ganada. Han es­tado tan amables con él que parecen haber quedado totalmente convencidos. Sin embargo, la condena llega en 1616. ¿Cómo es posible? Sus “amigos” jesuitas piden excusas achacando las culpas a algún que otro elemento retrógrado y poco amante de la cultura. Por lo demás, la con­dena es sólo verbal: una simple advertencia que pronto será olvidada; pronto vendrán tiempos mejores en que otras voces más cultas darán la razón al nuevo sistema.

Con esta débil esperanza, Galileo espera tiempos mejores, y así los cree llegados cuando, en 1622, el Cardenal Barberini es elegido Papa. Galileo re­cuerda que en 1611 había sido una de las per­sonas que más entusiasmadas se mostró con sus explicaciones, por lo que no cabía dudar que la vieja advertencia iba a dejar de tener efecto.

La nueva ocasión se presenta en noviembre de 1618, con la aparición en el cielo de tres cometas. Ptolomeo no había hablado sobre estos fenóme­nos, pero la concepción aristotélico-escolástica lo tenía todo previsto. Si el cometa es un cuerpo que se mueve libremente por el espacio, y que al cabo de unos días desaparece, es porque se trata, sin lugar a dudas, de un cuerpo que tiene que ser corruptible e imperfecto, y por tanto tiene que encontrarse en el mundo sublunar. Copérnico tampoco había hablado sobre estos fenómenos, pero lo cierto es que estos cuerpos, observados al telescopio y medidas sus distancias con el parala­je, demuestran comportarse como un planeta cualquiera y hallarse situados en un lugar superior al de la Luna. La contradicción es manifiesta.

Los jesuitas también tienen telescopios y saben utilizar el paralaje para medir la distancia de un cuerpo a la Tierra. No pueden, pues, defender a Aristóteles. ¿Qué hacer? Adoptar una solución de compromiso e intermedia. Existe un astróno­mo llamado Tycho Brahe que defiende una solu­ción intermedia: la Tierra seguiría siendo inmóvil, girando a su alrededor el Sol y la Luna; el resto de los planetas y las estrellas, tanto las fijas cómo las errantes, girarían alrededor del Sol; En cuanto a los cometas, se trataría de cuerpos celestes que giran alrededor del Sol y que se hallan por encima de la Luna, como así lo prueba el paralaje. La ca­bellera del cometa sería un caso de refracción de los rayos solares.

La solución es más correcta que la que va a pre­sentar Galileo, pero lo que, en su ánimo polé­mico más le molesta, es adoptar estas posiciones de compromiso que ni niegan ni aceptan el copernicanismo. Bien es cierto que el sistema de Brahe ofrece tal cantidad de incoherencias, que Galileo no puede aceptarlo. Esa composi­ción de la Tierra en el centro, inmóvil, con el Sol girando a su alrededor y los planetas giran­do a su vez alrededor del Sol, haría que las ór­bitas de esos planetas atravesaran algunas veces la Tierra, otras les harían chocar entre sí, pro­vocando un auténtico caos. Brahe y su solución intermedia no deben ser aceptados. En cuanto a los cometas, Galileo tiene una idea fundamen­tal: negar las razones de Brahe y de los jesuitas; propone para ello una hipótesis que, según al­gunos comentaristas, ni él mismo la creyó como posible, pero se trataba de ofrecer algo en con­tra; y, así, afirma que los cometas bien podrían ser un fenómeno óptico como el arco iris o la aurora boreal, y en consecuencia, al no tratarse de cuerpos reales, ni el telescopio ni el paralaje podían dar explicaciones sobre ellos. La polémi­ca está, pues, desencadenada; veamos brevemen­te cómo se produjeron los hechos.

En 1619, el jesuita Horatio Grassi Savonensis, profesor de Matemáticas del Colegio Romano,publica la Disputatio astronomica de tribus cometis. En realidad no aporta nada nuevo a la opinión conocida de Brahe, la cual rubrica por entero. Posiblemente no se escribió sino con la intención de provocar una respuesta de Galileo, ya que ante estos fenómenos, que por primera vez habían podido ser observados con el teles­copio, tal vez cabía una nueva confirmación del copernicanismo. Es evidente que no se podrá saber si la provocación tenía un mero interés científico, en el sentido de saber qué opinaba un hombre de ciencia, y copernicano por más da­tos, sobre el nuevo fenómeno, o bien si se trataba de tirarle de la lengua, en el sentido de hacerle confesar una vez más su fe copernicana. Ya se conocía en estos momentos la opinión de Ke­pler, publicada en 1618 en el De cometis, que por lo demás no se diferenciaba de la expuesta por Tycho Brahe, sino en el sentido de que                                                                     Kepler era copernicano. Pero Kepler era un hereje, un apartado de la Iglesia, y en ese sentido care­cía de importancia lo que pudiera decir. Galileo podía haber suscrito por entero la teoría de Ke­pler, pero eso suponía ponerse demasiado en evi­dencia, y por otra parte era dar una gran parte de razón a Brahe y a los jesuitas.

Quiere, pues, mantener una discreta prudencia, pero no sin echar a su vez su cuarto a espadas. Aquejado como había estado por un ataque de artrosis, y para no verse tan directamente envuelto en la polémica, hace que un amigo suyo, llamado Mario Guiducci, publique un Discorso delle comete en el que se expone la hipótesis ga­lileana y en la que no faltan ataques virulentos contra los defensores de ese sistema lleno de ab­surdos de Tycho Brahe.

La respuesta de los jesuitas no se hace esperar y es el mismo P. Grassi, bajo el pseudónimo y ana­grama de “Lottario Sarsi Sigensano” quien publi­ca, en el mismo año 1619, los Libra astrono­mica ac Philosophica. Se trata desde un punto de vista científico de una obra muy mediocre, pues, como ya hemos dicho, la teoría sobre el Universo de Brahe es muy incoherente y no pue­de ser enmendada a base de silogismos más o me­nos bien construidos. Desde el punto de vista de la polémica, carece del vigor, de la ironía, de la fuerza y buen estilo de Galileo. Una obra que, como se diría, es pan comido para Galileo; a quien, sin embargo le están llegando voces ami­gas conminándole a la prudencia, pues se sabe que entre los jesuitas del Colegio corre una voz con respecto a Galileo: aniquilarle.

Galileo pretende, en principio, responderle con una simple carta, no muy mordaz y muy breve. Tal vez es aconsejable la prudencia ante unos ene­migos poderosos y temibles. Pero la circunstancia antes reseñada, de la elección del nuevo Pontífi­ce, le hace aumentar la osadía, y si bien mantiene la forma de carta, la redacta con un estilo suma­mente agresivo, sarcástico y ridiculizador sobre­manera. Aumenta considerablemente su extensión y va respondiendo punto por punto a todos los argumentos y pruebas de Sarsi. Como ya hemos dicho, se publicó en 1623.

Previamente Mario Guiducci había respondido al P. Grassi con una breve carta, dentro de un es tilo mesurado y respetuoso, en la que afirma que sólo ha pretendido presentar una nueva hipótesis que podría tal vez ser tomada en consideración, y que en ningún momento ha sido su intención la de molestar u ofender a los jesuitas.

Como colofón a esta polémica queda una nueva obra, respuesta de Sarsi a El ensayador, publica­da en 1626, y titulada Ratio ponderum librae et simbellae. Se trata ya de un epígono que no me­rece respuesta por parte de Galileo, pobre en con­tenido y donde sólo el veneno contenido y ver­tido sería digno de destacar.

Esta es a breves rasgos la historia de la polémica y de la obra El ensayador. Pero, ¿qué es y qué dice realmente El ensayador? Es, en primer lugar, una puntual respuesta a la obra de Sarsi. Carece, pues, en principio, de una unidad argumental temática, pero no por ello puede decirse que sea un libro sin cohesión alguna; y esto por dos razones: la fuerte personalidad de Galileo y su vigoroso es­tilo imprimen a la obra un carácter indudablemen­te unitario; por otro lado, Galileo tiene una con­ciencia metódica del nuevo saber, que es lo que en definitiva hace del libro una obra sobre la ciencia nueva en general.

La obra de Sarsi, a la que Galileo va respondien­do punto por punto, intentaba fundamentalmen­te demostrar que la opinión de Tycho Brahe sobre los cometas, a la cual se habían adherido por ente­ro los jesuitas, no es tan absurda como Galileo, a través del escrito de Mario Guiducci, había pre­tendido demostrar. Sarsi se justifica en cierta ma­nera, diciendo que su intención no había sido la de polemizar contra Galileo, sino contra los aristotélicos. Por ello, aun no estando plenamente convencidos de que su teoría fuese buena —me refiero a la de Brahe—, sin embargo era suficien­te para desmoronar los argumentos de los aristoté­licos, que es lo que en fondo se trataba. La obra de Sarsi está escrita en latín. Ya hemos dicho an­tes que es una obra débil en sus argumentos y muy poco comprometida. Galileo arremete con­tra ella con excesiva dureza y acritud. Ya hemos dicho también que, en realidad, había una enor­me diferencia entre los rivales: demasiado poca cosa para Galileo, por cuanto a la ciencia se re­fiere. Más, pues, que a la ciencia de los jesuitas, Galileo quiere atacar a los jesuitas mismos, tal vez pretendiendo que, de una vez por todas, de­jaran sus posiciones de comodidad y de compro­miso y se pasaran a ser defensores de la nueva ciencia y del copernicanismo. Galileo sabía que, de haber contado con los jesuitas como aliados, su condena no hubiera llegado. Pero sabemos también que los resultados obtenidos fueron to­talmente contrarios a sus intenciones. No es éste el momento de analizarlo, pero sería digno de conocerse el papel que la Compañía desempeñó en el proceso y condena de Galileo. Me remito a dos obras que tocan el tema en profundidad: la obra de G. Santillana, The crime of Galileo, y por parte de los jesuitas, la obra del P. Filippo Soccorsi, II proceso de Galileo.

Así, pues, El ensayador es una obra abierta, en la que la más mínima oportunidad es aprove­chada para refutar un argumento y para expo­ner cien otros referentes a materias diversas, pero todos marcados por una característica común: la ciencia nueva. Se trata, en definitiva, de opo­ner frente al conocimiento de la naturaleza, sis­tematizado en un inmutable marco metafísico, la autonomía de la nueva ciencia; frente al uni­verso cerrado y acabado de Aristóteles, el univer­so infinito de Giordano Bruno; frente a una concepción metafísica, la racionalidad de la na­turaleza, es decir, entender la naturaleza como un libro abierto que hay que ir descubriendo; este libro está escrito con caracteres matemáticos y geométricos; sería la misma concepción defendida por Campanella y Bacon. En resumen, exponer una ciencia moderna que posee dos elementos fundamentales: la ciencia y la técni­ca, la teoría y la tecnología. Todo ello enmarca­do en la teoría copernicana que presenta un cuadro cosmológico a cuya luz es posible la reela­boración de todos estos problemas.

Había pensado, al llegar a este punto, ofrecer al lector un índice de las materias tratadas por Galileo en esta obra, pero veo que para ello me sería necesario transcribir prácticamente el tra­tado entero, en vista de lo cual nada más reco­mendable que remitirle a la lectura del libro. La obra consta de 53 parágrafos. En todos ellos empieza Galileo transcribiendo el texto latino íntegro del correspondiente parágrafo de Sarsi, para que el lector pueda conocer con exactitud el argumento que se trata de rebatir. A conti­nuación, Galileo hace su comentario, no limitán­dose, como ya he dicho, a una simple réplica, ya que ésta es ampliada con argumentos que guar­dan alguna relación con el tema que se trata, y con otros que no guardan ninguna relación, pero que en ese determinado momento le ha parecido interesante reseñar. No quiero, sin embargo, de­jar de hacer un breve resumen de los principales temas tratados en esta obra.

Consta de una amplia introducción en la que intenta justificar su amplio y prolongado silencio y las razones que le han movido a escribir es­te tratado. Aprovecha la ocasión para quejarse de unos usurpadores de sus teorías y descubri­mientos, demostrando muy hábilmente que la paternidad de todos ellos le corresponde a él, y no a los usurpadores. Justifica, asimismo, en esta introducción, el porqué del título Saggia­tore. Sarsi ha titulado el suyo Libra, jugando con un doble sentido: el primero el de “libros” y el segundo el de “balanza” con la que sopesar las razones aducidas por Galileo-Guiducci en su Discorso. Galileo le responde con el título de Saggiatore, que sería el artífice que ensaya el oro para probar su pureza mediante balanzas muy delicadas y precisas. Frente a la tosquedad de una simple balanza, romana o báscula, que es capaz de medir pero con grandes márgenes de error, opone la precisión, la exactitud máxi­ma de esta otra balanza de orfebres. En castellano me ha parecido lo más conveniente y lo más acomodado a este Saggiatore, Ensayador, que responde a ese oficio y a esas precisiones de los orfebres,

La primera parte comprende los 18 primeros parágrafos. En ella Galileo sugiere su hipótesis de que el cometa pudiera ser un objeto aparen­te, al que se le deberían aplicar las mismas reglas, en cuanto a su comportamiento, que se aplican al arco iris, a la aurora boreal, a los halos, etc. Rebate al mismo tiempo la teoría de Brahe sobre el lugar exacto del cometa basada en el paralaje y en el hecho de que este cometa, visto al telesco­pio, se comportara al igual que las estrellas, es decir, que no experimentara un aumento sensible, por lo que deducía, en contra de Aristóteles, que su lugar estaba más arriba del cóncavo lunar. Aparte de esto, existen una serie de digresiones, cuales son, por ejemplo, la famosa exposición de su concepción filosófica de la naturaleza, en el parágrafo 6, una distinción entre lo real y lo aparente en el, 9, una descripción geométrica so­bre las líneas regulares e irregulares en el 11, la descripción del telescopio y la historia de su invención en el 12 y 13, una distinción y una teoría sobre el sonido en el 15.

En la segunda parte, que abarca desde el pará­grafo 19 hasta el 36, trata de demostrar que no existen pruebas suficientes que permitan una real distinción entre una materia densa y opaca para los cometas, como defiende Sarsi, y la ima­gen ilusoria que defiende Galileo. Tampoco exis­ten las pruebas suficientes que permitan saber si tuvo un movimiento recto y perpendicular a la Tierra, o más bien un movimiento por un círcu­lo máximo, como dice Brahe; por último trata de refutar la opinión, avalada en este caso por Kepler, de que la curvatura de la cabellera del cometa se debe a un fenómeno de refracción. In­teresantes son de destacar, en esta parte, los bue­nos argumentos de óptica del parágrafo 24, la exposición de una parte de la teoría copernica­na en el 31 y 32 y la réplica a Kepler del 35.

La última parte abarca desde el parágrafo 37 has­ta el 52. El 53 y último está dedicado a hacer una especie de inventario de las materias y argu­mentos tratados por ambas partes. En esta parte final trata de demostrar que el cometa no pudo producirse por una condensación de vapores, ya que éstos no podrían ser arrastrados por el mo­vimiento giratorio de los cielos. Presenta una gran cantidad de experimentos al respecto, y una es­pecie de formulación de la ley de la tensión su­perficial de los líquidos en los parágrafos 39 y 40. Trata asimismo de demostrar que el aire no puede consumirse ni inflamarse, por lo cual, esos vapores que genera el cometa en ningún momen­to pudieron ser inflamados por el rozamiento con el aire. Dignos de destacar son los parágrafos 41 y 42, donde se expone una teoría sobre el rozamiento de los cuerpos y en especial el 48 con una teoría sobre el calor, en la que formula la distinción entre cualidades primarias y secun­darias que más tarde será ampliada y perfeccio­nada por Locke. Concluye, finalmente, demos­trando que las llamas son opacas, por lo que si el cometa fue una condensación de vapores ardien­tes, en ningún momento hubiera permitido ver a través de su cabellera, las estrellas situadas de­trás de ella. Interesante la distinción entre obje­tos luminosos y transparentes del parágrafo 51, y curiosa la réplica a la predicción del tiempo, hecha por Aristóteles sobre la base de la apari­ción de los cometas, en el parágrafo 52.

Brevemente expuesto, éste sería el resumen de los principales temas tratados en esta obra, si bien no he pretendido que fuera exhaustivo, pues ello, como ya he dicho, equivaldría a una trans­cripción del tratado entero. El hecho de que yo haya resaltado aquí los pasajes referidos a la cien­cia, no excluye que desde otra vertiente pudieran resaltarse algunas brillantes páginas, desde un punto de vista literario, como por ejemplo el fa­moso cuento sobre el hombre que quiso saber los modos de producción de los sonidos, o argumen­tos brillantes desde el punto de vista del arte lógico, como sería el famoso referido a las flechas que se incendian en su recorrido, o el de los hue­vos que los babilonios cocían haciéndolos girar violentamente en sus hondas. Vuelvo a remitirme de nuevo a la lectura de la obra para sopesar con exactitud la valía de estas páginas.

Quisiera decir brevemente unas palabras sobre la traducción. Esta ha sido doble, ya que una bue­na parte ha sido hecha del latín y el resto del italiano. Es evidente que al tratarse de dos autores, que además escriben en dos lenguas diferen­tes, debiera quedar reflejado este hecho en una traducción en la que se distinguieran bastante aproximativamente estos dos estilos. El intento no sé si ha sido logrado con la perfección que uno hubiera deseado, sin embargo, quiero ofre­cer como disculpa, si cabe, dos razones que jus­tifican esta débil distinción entre los dos estilos: una es que el traductor es uno, y pese a que en­tiendo que la traducción no debe ser en ningún momento una interpretación, también entiendo que es muy difícil poderse librar de cierto tinte subjetivo. La traducción no puede ser tan pura como lo es la imagen reflejada en un espejo, pues aquí el espejo, es decir, el traductor, no es una materia amorfa e insensible, sino que interviene con su capacidad, con sus conocimientos, con su estilo, en dar cierta impronta personal a la versión, y a la imagen reflejada. La segunda es que, pese a estar escritas las dos partes en len­guas diferentes, como son el latín y el italiano, sin embargo opino que por tratarse de temas comunes, por tratar de problemas de ciencia para los que se ha tenido que .elaborar un léxico común, ya que el latín clásico no lo conocía, por tratarse, en fin, de un latín escolástico y no utilizado como lengua viva, opino, digo, que la diferencia entre las dos partes es menor que la que existiría, por ejemplo, entre el italiano de Galileo y el italiano de Verga o de Moravia, es decir, entre el italiano del siglo XVII y el de los siglos XIX o XX. Esta es tal vez una débil excu­sa que he querido creerme; en cualquier caso no tengo inconveniente alguno en reconocer que si la versión no ha resultado tan perfecta como yo mismo hubiera deseado, ha sido debi­do a incapacidad y falta de recursos del tra­ductor.

Y concluyo, pues, por donde empecé: la obra que ahora se presenta ¿es una obra de ciencia o simplemente una obra literaria? ¿Fue Galileo un filósofo de primera fila, un científico de pri­mer orden, un literato brillante, o simplemente un polemizador condenado injustamente? Para todas estas opiniones podríamos encontrar citas que las avalaran; me resisto, sin embargo a enu­merarlas, pues su exposición desbordaría con creces las limitaciones de este breve prólogo. Por lo demás, no sé hasta qué punto es interesante sumergirse en esta polémica, pues ¿por qué se ha de conceder importancia a que Galileo fuera más una cosa que la otra? ¿No será uno de los pecados de nuestra imperante cultura que tien­de a encasillar todas las cosas en unos comparti­mientos estancos, previamente definidos y demasiado rígidos? ¿O será tal vez que es más “cómo­do” saber, en cada caso, que nos encontramos con un problema perfectamente delimitado y enmar­cado? Sea como fuere, no sería más que un in­tento de empobrecer lo que de por sí es más rico, más fluido y menos cuadriculado; como la vida misma. Terminemos con Juan de Mairena: “La verdad es que el Caos no existe más que en nuestra cabeza, decía mi maestro. Allí lo hemos hecho nosotros, bien trabajosamente, por nuestro afán inmoderado, propio de viejos dómines, ¿qué otra cosa somos?, de ordenar antes de traducir”,

 

 

 

 

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