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Filosofía del Renacimiento en América Latina

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Tag: Prólogo

February 14, 2016 epriani@gmail.com Sin categoría, Uncategorized

Ángel J. Cappelletti. Prólogo a Sobre el infinito universo y los mundos

Título: Sobre el infinito universo y los mundos

Autor: Giordano Bruno

Autor de la introducción: Ángel J. Cappelletti.

Edición: Primera

Publicación: La Plata, Argentina.

Editorial: Terramar

Año: 2008

Páginas: 164

 

Prólogo.

Durante el año 1584 Bruno vive en la capital de Inglaterra, protegido por Miguel de Castelnau. Es éste un año fecundo en publicaciones y hasta se puede decir que en él edita el trashumante dominico italiano sus primeras y más importantes obras filosóficas. En efecto, en 1584 salen a luz en Londres La cena de las cenizas (La cena de le ceneri), Sobre la causa, el principio y el uno (De la causa, princi­pio e uno) y Sobre el infinito universo y los mundos (Del infinito universo e mondi)

Estos tres diálogos, escritos en italiano (y no en latín, como las obras logísticas y mnemotécnicas), reciben el nombre de “diálogos metafísicos”, por contraposición a otros tres publicados entre 1584 y 1585 y escritos también en italiano (Spaccio de la bestia trionfante, Cabala del cavallo pegaseo, y De gli eroici furori), que suelen denominarse “diálogos morales”.

De los “diálogos metafísicos” hay dos, La cena de las cenizas y–Sobre el infinito universo y los mundos, en los cuales ocupan lugar preeminente las discu­siones de carácter astronómico. Si se los llama “me­tafísicos” ‘es porque, corno dice Gentile, “el motivo del filosofar de Bruno, aun en tales discusiones, es, francamente metafísico y porque la física aristoté­lica, a la que ésta de Bruno pretende reemplazar y a la que combate en su propio terreno y con sus propias armas, es, de hecho, como se sabe, un cuerpo de doctrinas puramente metafísicas en torno a la naturaleza”. Más adelante, antes de caer en las garras de la Inquisición, publicará otros escritos filosóficos, aunque no ya en italiano sino en latín.

Varios de ellos siguen inspirándose en la polémica antiaristotélica y aspiran a refutar, particularmente, la física y la cosmología del Estagirita. En tal sen­tido se los puede considerar como complementos de los diálogos metafísicos antes mencionados.

El primero, que aparece en 1586, asume, sin em­bargo, la forma de una exposición (uno de los innu­merables resúmenes y comentarios, tan frecuentes en las escuelas de toda Europa a partir del siglo XIII) de la doctrina física de Aristóteles, y lleva por título Figuración del tratado de Aristóteles sobre el oído físico (Figuratio Aristotelica physici auditus). Los otros dos escritos se presentan, en cambio, abier­tamente como obras controversiales, según sus mis­mos títulos lo demuestran: Ciento veinte artículos sobre la naturaleza y el mundo contra los peripaté­ticos (Centum et viginti articuli de natura et mundo adversus peripateticos) (publicado en 1586) y Ciento sesenta artículos contra los matemáticos y filósofos de esta época (Articuli centum et sexaginta adversus huius tempestatis mathematicos atque philosophos) (aparecido dos años después, en 1588) .

Tienen también carácter filosófico dos escritos, edi­tados cuando Bruño yacía ya en las cárceles del Santo Oficio, durante el año 1595, por su discípulo Rafael Eglin: Suma de términos metafísicos (Summa termi­norum metaphysicorum) y Descenso a la práctica (Praxis descensus), donde el Nolano explica y dis­cute el sentido de los vocablos empleados por los filósofos de su época (Summa) y trata, después, de la aplicación de los mismos a la realidad concreta (Praxis).

Más importantes son, sin embargo, en cuanto cons­tituyen una especie de réplica versificada y latina de los tres diálogos metafísicos, escritos en prosa italiana, tres poemas que Bruno dio a luz en Franc­fort durante el año 1591, inmediatamente antes de su infortunado retorno a Italia: Sobre el mínimo y la medida triples según los principios de las tres ciencias especulativas y de muchas artes prácticas (De triplici mínimo et mensura ad trium specula­tívarum scientiarum et multarum activarum artium libri y); Sobre la mónada, el número y la figura, o sea, elementos de la más oculta física, matemática y metafísica (De monade, numero et figura, secretioris nernpe physicae, mathematicae et metaphysicae elementa) y Sobre lo inmenso y los innumerables, o sea, sobre el universo y los mundos (De immenso et innumerabilibus seu de universo et mundis libri VIII).

Aun cuando, como bien anota Gentile, cuyo Pre­facio a los Diálogos metafísicos seguimos en este punto, entre la trilogía de los diálogos italianos, edi­tados en Londres, y la de los poemas latinos, publicados en Francfort, no existe una perfecta co­rrespondencia, ya que los últimos contienen nuevos desarrollos del pensamiento y notables modificacio­nes en algunos detalles, puede decirse que el De mínimo retorna la materia de los diálogos Sobre la causa y el De immenso vuelve a exponer las ideas que hallamos en La cena de las cenizas y en Sobre el infinito universo y los mundos, los cuales, como se verá, están íntimamente relacionados entre sí.

Hegel ha hecho notar (Lecciones sobre la historia de la filosofía, México, 1955, p. 172) que la vida errante de Bruno y su costumbre de pronunciar conferen­cias y editar obras dondequiera que se detenía algún tiempo explica que muchas de dichas obras se repitan en su contenido, aun cuando varíen en la forma.

De todos modos, es conveniente que el público de habla española sepa que al leer la obra cuya tra­ducción aquí le ofrecemos, y luego La cena de las cenizas y Sobre la causa, “entrará en el corazón, mis­mo de la filosofía bruniana” y que, “si antes de ponerse en contacto con las obras latinas no podrá decir que tiene un conocimiento perfecto de la misma, poseerá por cierto la parte esencial”, como bien advierte el ya citado historiador de la filosofía italiana.

Los tres diálogos metafísicos están dedicados a Mi­guel de Castelnau, embajador de Francia ante la corte inglesa, en cuya casa de Londres vivió Bruno durante su estancia en dicha ciudad y al cual consi­deraba como “único regio de las musas”.

En La cena de las cenizas cuatro personajes, Smith (que según MacIntyre, representa al poeta William Smith), Prudencio (personificación del humanista palabrero y pedante), Frulla (que equivale casi al gracioso de la comedia renacentista) y Teófilo, esto es, “el amante de Dios” (que representa el pensa­miento de Bruno), dialogan sobre el universo y discuten el sistema de Copérnico.

La obra lleva ese nombre porque en la conversación se refiere lo discurrido durante una cena que tuvo lugar el primer día de cuaresma, esto es, el miércoles de cenizas.

En el diálogo primero se hace el elogio de Copér­nico, “hombre no inferior a ningún astrónomo que haya existido antes que él… hombre que, en cuanto a su juicio sobre la naturaleza, ha sido muy supe­rior a Tolomeo, Hiparco, Eudoxo y a todos los otros que han seguido los pasos de éstos”. Él logró liberarse de varios falsos presupuestos de la filosofía vulgar. Sin embargo, no se apartó enteramente de ella, ya que, “más conocedor de la matemática que de la naturaleza, no pudo profundizar y adentrarse en ella hasta poder arrancar totalmente las raíces de los inadecuados y vanos principios, para resol­ver a la perfección todas las dificultades que se le oponían y liberarse a sí mismo y a los demás de tantas investigaciones inútiles, poniendo el pensa­miento en las cosas constantes y ciertas.

Alaba Bruno, sin duda, en Copérnico la concepción heliocéntrica, pero le reprocha el no haber extraído todas las consecuencias cosmológicas que, según su propia interpretación, deben extraerse de ella.

En consecuencia, con una cierta impudicia muy renacentista, que se escuda apenas en citas poéticas y consideraciones retóricas, hace luego un incondi­cionado elogio de sí mismo, y de la propia filosofía: “He aquí a aquel que ha abarcado el aire, pene­trado el cielo, recorrido las estrellas, traspasado los límites del mundo, hecho desaparecer las fantásticas murallas de las primeras, octavas, novenas, décimas y otras esferas que se habrían, podido añadir, según las opiniones de vanos matemáticos y la ciega visión de vulgares filósofos”. Él abrió los claustros de la verdad, desnudó la oculta naturaleza, dio vista a los ciegos, soltó la lengua a los mudos, hizo andar a los cojos del espíritu. Por él sabemos que si viviéramos en la Luna o en las estrellas no habitaríamos un mundo mejor sino quizás peor que éste. Gracias a él conocemos la existencia de millares de astros que contemplan al universal, eterno e infinito efi­ciente; nuestra razón no está ya aprisionada por los grillos de fantásticos móviles y motores; sabemos que no hay más que un solo ciclo inmenso, en el cual los astros se mueven y participan de la vida perpetua. Descubrimos, con él, el efecto infinito de la infinita causa y aprendemos a no buscar lejos de nosotros a la divinidad, que está dentro de nosotros y más próxima a nosotros que nosotros mismos.

Esta nueva filosofía, sin embargo, advierte el autor, no debe comunicarse a todos por igual, pues entre­garla a los ignorantes equivaldría a arrojar perlas a los cerdos. De todos modos, entre “los felices y bien nacidos ingenios, para los cuales ningún hon­rado estudio se pierde”, entre los que no juzgan con temeridad, tienen el entendimiento libre y la mirada limpia, la filosofía del Nolano gana y seguirá ga­nando adeptos.

Por boca de Prudencio se plantea ya aquí (como más tarde por la de Burquio en el De l’infinito universo e mondi) la rígida posición tradicionalista del saber académico que veía en Aristóteles, a tuer- tas y a derechas, contra toda argumentación y toda experiencia, el “summum” y el “non plus ultra” de la ciencia y de la filosofía.

Filoteo refuta, por eso, la idea vulgar de que el valor de una filosofía está en relación directa con su antigüedad. Para juzgar una doctrina es preciso, ante todo, considerar sus efectos en quienes la si­guen, y la moderna (o sea, sobre todo, la nolana) puede aducir, entre otras cosas, “invenciones altí­simas, pronósticos cumplidos, substancias por su medio transformadas”.

El método a seguir para extirpar los errores de la filosofía vulgar (aristotélico-escolástica), método que el autor identifica significativamente con el de los pitagóricos, consistirá en exponer primero el pen­samiento de Bruno, como un todo, esto es, como un sistema, para responder luego, en un segundo mo­mento, a las dificultades y objeciones que le puedan presentar los adeptos de las antiguas y aceptadas doctrinas.

En el segundo diálogo narra Teófilo cómo Filoteo (Bruno) es invitado por Folco Grivello (sir Fulke Greville) a una cena, junto con otros doctores, a fin de que pueda allí explicar sus ideas acerca del movimiento de la tierra. (Se trata, pues, de aquí en adelante, de lo que los comentaristas de Platón lla­marían un “diálogo narrativo”.)

Antes de llegar a casa del anfitrión, Teófilo y sus acompañantes realizan un accidentado viaje por el Támesis y las oscuras calles de Londres. Este viaje, según leemos en el prólogo de la obra, tiene quizás un sentido “más poético tropológico, que histó­rico”.

En el diálogo tercero, ya sentados a la mesa, y des­pués de un exordio acerca del uso del latín y del inglés, Teófilo refuta la interpretación del pensa­miento de Copérnico, según la cual éste “no había opinado que la tierra se movía, porque tal cosa es ilógica e imposible, sino que había atribuido mo­vimiento a la misma más bien que al octavo cielo, por comodidad del cálculo”. Copérnico, dice Teó­filo, no se contentó sólo con afirmar que la tierra se mueve sino que lo confirmó al escribir al mismo Papa y sostuvo que las opiniones de los filósofos, distan enormemente de las del vulgo, en estas cues­tiones. Y si bien es cierto que, en un momento dado reivindica para sí el derecho de forjar hipótesis o modelos matemáticos, a fin de poder demostrar lo que desea (y entre estas suposiciones, el movimiento de la tierra)  de ello no puede inferirse que tal mo­vimiento sea para él una mera hipótesis, según pue­de verse en el libro primero de su obra, donde “responde cabalmente a ciertos argumentos de quie­nes afirman lo contrario, y donde desempeña no sólo papel de matemático sino también de físico que demuestra el movimiento de la tierra”.

Refuta luego, con apasionada violencia, las doctrinas de los ópticos y matemáticos (teniendo en mente, sin duda, también a Tolomeo), acerca de la magni­tud y el tamaño de los astros. De este modo en­tiende oponerse a la imagen falsamente simétrica que brinda de los cuerpos celestes la astronomía geocéntrica.

En efecto, a continuación expone una de las ideas básicas de su concepción cosmológica, objeto más tarde del tercero de los llamados diálogos metafísi­cos, esto es, del Sobre el infinito universo y los mundos: la idea de la infinita magnitud del cosmos, de la cual se infiere precisamente la imposibili­dad de fijarle un centro y, por consiguiente, de hallar en él un orden simétrico.

A diferencia. de Aristóteles (y aun de Copérnico) dice Teófilo, “nosotros, que no miramos las sombras fantásticas sino las cosas mismas, nosotros que vemos un cuerpo aéreo, etéreo, espiritual, líquido, lugar apto para el movimiento y la quietud, serio inmenso e infinito —cosa que debemos afirmar al menos por­que no vemos sensible o racionalmente fin alguno—sabemos con certeza que, siendo efecto originado por una causa infinita y un principio, debe, según su capacidad corporal y su modo, ser infinitamente infinito”.

A la afirmación de la infinitud le sigue la defensa de la homogeneidad del Universo. Contra Aristóte­les que, fiel a su concepción fundamentalmente jerárquica de la realidad, distingue una materia te­rrestre o sublunar y otra astral, superior a aquélla en cuanto sólo está sujeta al movimiento local (el–cual es aquí circular y no lineal), Bruno sostiene que no hay más que una sola clase de materia, de la cual están igualmente integrados todos los astros y la tierra. Por eso, “los otros globos, que son tierras, no son en ningún aspecto diferentes de éste (la tierra), en cuanto a la especie; la desigualdad se da sólo por el hecho de ser más grandes o más pequeños, por las diferencias individuales, como en las otras especies de animales”.

La concepción pampsiquista se impone asimismo, como puede verse por las últimas palabras de esta cita. Cada uno de los cuerpos celestes es no sólo un animal (esto es, un ente dotado del principio del movimiento y de alma) sino también un animal racional o intelectual. Si bien se considera, dice, se hallará que “la tierra y tantos otros cuerpos, que son llamados astros y miembros principales del uni­verso, así como dan vida y alimento a las cosas que tornan de ellos su materia y la restituyen a los mismos, así y con mayor razón todavía, tienen vida en sí mismos, y por ella, con ordenada y natural voluntad, a partir de un principio intrínseco se mueven hacia las cosas y los lugares que les corres­ponden. Y no existen otros motores extrínsecos que, moviendo fantásticas esferas, lleguen a transportar estos cuerpos como si estuvieran clavados en ellas”. He aquí, pues, que tanto la tierra como los demás cuerpos celestes se mueven “por un principio intrín­seco, que es su propia alma”. Y esta alma no es sólo sensitiva “sino también intelectiva; no sólo intelec­tiva, como la nuestra, sino quizás más todavía”.

El diálogo concluye con la refutación de los motivos por los cuales el Estagirita y sus discípulos creyeron imposible el movimiento de la tierra.

El diálogo cuarto está dedicado a probar, según el mejor estilo de los averroístas, que la metafísica y la cosmología de Bruno (con su monismo y su pampsiquismo), no contradicen los dogmas de la religión cristiana y que, más aún, merecen ser aco­gidas y propiciadas por la verdadera teología. “La tarea de la religión para Bruno —quien por esta razón da su preferencia sobre las demás iglesias al catolicismo, que reconoce y afirma el valor de las obras y el libre albedrío— es sobre todo de carácter moral. La revelación divina, expresada en las Sa­gradas Escrituras, no quiere, según su parecer, dar enseñanzas teóricas “como si fuera pura filosofía”, sino fundamentar y orientar las normas éticas para todos aquellos —que son la gran mayoría— que ne­cesitan un mando y una sanción externos para seguir la ley moral y operar el bien– (R. Mondolfo, Figu­ras e ideas de la Filosofía del Renacimiento, Bue­nos Aires, 1968, p. 61)

Cuando, al comienzo del diálogo, Smith observa que las Escrituras contradicen en muchos lugares las doctrinas expuestas hasta aquí por Teófilo, éste res­ponde: “En cuanto a esto, creedme que si los dioses se hubieran dignado enseñarnos la teoría de las cosas de la naturaleza, como nos han hecho el favor de proponernos la práctica de las cosas morales, me atendría a la fe de su revelación antes que regirme por la certidumbre de mis propias razones y senti­mientos. Pero, como clarísimamente puede ver cual­quiera, en los libros divinos no se tratan en beneficio de nuestro entendimiento las demostraciones y es­peculaciones acerca de las cosas naturales, como si fuese filosofía, sino que, en favor de nuestra mente y sentimientos, se ordena, por medio de las leyes, la práctica de las acciones morales. Teniendo, pues, el divino legislador este propósito ante sus ojos, en lo demás no se preocupa de hablar de acuerdo con aquella verdad, de la cual no se aprovecharía el vulgo para evitar el mal y adherirse al bien, sino que deja la meditación de estas cosas a los hombres contemplativos, y al vulgo le habla de manera que, según su modo de entender y de expresarse, llegue a captar lo que es más importante”.

Esta misma idea —observa Gentile— fue desarrollada, treinta y un años más tarde, por Galileo en su Carta a la Gran n Duquesa madre, Cristina de Lorena (cf. Frammenti e lettere, Livorno, 1917, ps. 105-142).

El quinto diálogo no se añade, según el propio Bruno, sino “para no acabar la cena tan aridamen­te”. Se explica allí, en primer término, la distribu­ción de los astros en el espacio, y se demuestra contradiciendo por cierto al propio Copérnico, que la octava esfera, o sea, el cielo de las estrellas fijas, no es en realidad un cielo o una esfera, y que dichas estrellas no son, por consiguiente, equidistantes del centro. Tampoco hay razón para suponer que los planetas sean solamente siete. Son, por el contrario, innumerables y giran perpetuamente en torno a los innumerables soles. Dicho movimiento tiene su ori­gen en un principio inmanente a cada uno de ellos, esto es, en su propia alma. “Tales corredores (pla­netas) tienen como principio intrínseco de movi­miento su propia naturaleza, su propia alma, su propia inteligencia, ya que el aire líquido y sutil no basta para mover máquinas tan grandes y den­sas”. A quienes objetan que es “cosa difícil que la tierra se mueva, diciendo que tiene un cuerpo de­masiado grande, denso y pesado”, les responde que “lo mismo se podría decir de la luna, el sol y otros cuerpos grandísimos” que, según aquéllos suponen, giran a extraordinaria velocidad en torno a la tierra.

Anticipando un tema que luego desarrolla en el Sobre el infinito universo y los mundos, ataca la doc­trina de la física aristotélico-escolástica del peso (le los cuerpos. “Sabe que ni la tierra ni ningún otro cuerpo es absolutamente pesado o liviano. Ningún cuerpo es en su lugar pesado o liviano, mas estas diferencias y cualidades no sobrevienen a los cuer­pos principales y a los individuos particulares per­fectos del universo sino que corresponden a las partes, que están separadas del todo y que se vuelven a hallar fuera del propio continente y como en viaje”. De este modo, no se puede decir que sea liviana o pesada una cosa que está en su lugar natural. Esto queda únicamente para aquella que, no estando en él, lo busca. Pero ni la tierra ni nin­gún otro astro se halla en este caso sino que se mueve con un movimiento circular, y a tal clase de movimiento (ya, sea en torno al propio centro, ya en torno a algún otro punto) se reduce al fin todo movimiento natural. La tierra, en realidad, lo mis­mo que otros cuerpos semejantes a ella, tiene varios movimientos distintos y simultáneos.

La obra concluye con una promesa de Teófilo, quien deja así para otros diálogos los puntos que faltan en el cuadro sistemático de su cosmología, y con una grandilocuente y retórica exhortación de Pru­dencio.

El diálogo Sobre la causa, el principio y el uno es el más metafísico de los diálogos metafísicos. Al principio, tres interlocutores, Elitropio (“el que se vuelve hacia el Sol”) , el cual representa probable­mente a Florio; Filoteo, que es el propio Giordano Bruno, y Armesso, que, según Yates, oculta el nom­bre de Mathew Gwinne, nos introducen en una con­versación habida entre Dicson, Gervasio, Poliinio y Teófilo, en la cual se desarrollan las ideas funda­mentales de la metafísica bruniana.

El meollo de la obra está en la idea (muy próxima ya a la tesis básica de Spinoza) de que Dios es la verdadera substancia y que sus obras constituyen, en realidad, los accidentes de la misma. “Se trata de una completa reversión de la noción aristotélica tradicional de substancia, de acuerdo con la cual, el término substancia fue aplicado siempre a objetos particulares sensibles, mientras sus atributos, perma­nentes o transitorios, se llamaban accidentes”, dice P. O. Kristeller (Eight Philosophers of the Italian Renaissance, Stanford, 1969, p. 132). No hay que olvidar que tres siglos antes que Bruno, en época de Alberto Magno, David de Dinant había sostenido, con gran indignación de los aristotélicos ortodoxos (“Stultissime posuit”, dice Tomás de Aquino), que Dios es la materia universal o materia primera, mientras Amaury de Bénes, partiendo también del hilemorfismo del Estagirita, identificaba a Dios con la causa formal del universo (cf. E. Bréhier, La filosofía en la Edad Media, México, 1959, ps. 149­152). En ambos casos había habido una interpre­tación neoplatónica del pensamiento aristotélico, interpretación que implicaba una crítica fundamen­tal (aunque probablemente inconsciente) del mismo, puesto que el “verdadero ser”, el ontos on, deja de ser allí la substancia singular, para transformarse en materia y forma universal.

Bruno recoge ambos aspectos, el de la materia y el de la forma; adquiere plena conciencia de su anti­aristotelismo; reconoce su deuda con el neoplatonis­mo de Nicolás de Cusa, pero sabe, sobre todo, que su nueva filosofía está emparentada con la de los más antiguos pensadores griegos y presiente que abrirá caminos a los filósofos del futuro. Y si es verdad que, como dice Ángel Vasallo, “Bruno inicia el panteísmo moderno, tanto el panteísmo de la substancia (Spinoza) como el panteísmo del logos (Hegel)” (Prólogo a “De la causa, principio y uno”, Buenos Aires, 1941, p. 9), ello se debe al hecho de que continúa el más antiguo y radical panteísmo, el de los presocráticos y, particularmente, el de Heráclito, a través de su negación de Aristóteles y de la escolástica.

Después de haber dedicado el diálogo primero a la defensa de La cena de las cenizas, obra que había provocado protestas y herido vanidades entre la “in­teligencia” inglesa de la época, y de haber tributado a la reina Isabel elogios que, pese a su hiperbólica cortesanía, no son tal vez enteramente insinceros, inicia el segundo diálogo con una discusión acerca del principio y de la causa.

Llama “principio” a aquello que produce un efecto desde adentro, y “causa” a lo que lo produce desde afuera. Principio y causa se diferencian, pues, como lo inmanente y lo trascendente. Puede decirse, enton­ces, que “principio es aquello que concurre intrínsecamente a la constitución de la cosa y permanece en el efecto, como se dice de la materia y la forma, que permanecen en el compuesto, o bien de los elemen­tos, por los cuales la cosa llega a integrarse y en los cuales viene a disolverse”, mientras que se denomina “causa” a lo que “concurre a la producción de las cosas exteriormente, y tiene su ser fuera del com­puesto, como es el eficiente y el fin,, al cual la cosa producida se ordena”. Hasta aquí, pues, Bruno no hace más que cambiar la terminología aristotélica, llamando “principio” a lo que los escolásticos lla­man “causas internas” (esto es, a las causas material y formal) y “causa” a lo que aquéllos denominan “causas externas” (esto es, a las causas eficiente y final). Pero, mientras en la causalidad segunda o próxima, que se da entre las cosas finitas, admite una real distinción entre “principio” y “causa”, esto es, entre las causas material y formal por una parte y las causas eficiente y final por la otra, en la causa­lidad primera niega toda distinción real entre ellas, de modo que el “principio” y la “causa” y, en último caso, las cuatro causas aristotélicas, se identifican en Dios. “Respondo que, cuando llamamos a Dios pri­mer principio y primera causa, entendemos una misma cosa con diversos conceptos; cuando hablamos de principios y causas en la naturaleza, nom­bramos cosas diversas con conceptos diversos”. Según esto, para Bruno, la inteligencia universal es no sólo causa eficiente del todo, sino también causa formal; no sólo causa final sino también fuerza animadora y vivificadora de la materia. He aquí que, sin men­cionarlo y, tal vez, sin pensarlo siquiera, reproduce la idea heraclítica de la physis, la cual, si bien se interpreta, no se diferencia sino conceptualmente del logos.

Para Bruno, Dios, o sea, la inteligencia universal (logos) es así raíz y síntesis de las cuatro causas, physis y arkhé, periekhon y telos, por encima de Santo Tomás y de San Agustín, más allá de Aristó­teles y de Platón, según la originaria visión surgida en Jonia, durante “el día de los antiguos sabios”.

Respecto al universo mismo y a los seres que lo integran, extrae Bruno una serie de osadas pero ló­gicas consecuencias.

El universo, en cuanto está formado por un alma única, constituye un conjunto o, por mejor decir, un todo animado. El universo es, pues, un grande y sagrado animal: animal, porque dotado de auto-movimiento y de vida; grande, porque incluye en sí todos los seres y llena todos los espacios posibles; sagrado, porque su alma, esto es, el ser de su ser, es Dios.

Más aún, todas las cosas que integran el universo están dotadas de alma y de vida, ya que en todas ellas está presente una forma que es principio de su propio movimiento. “Todo está lleno de dioses”, podría haber exclamado Bruno, como, según se dice, exclamó Tales. “También aquí hay dioses”, podría haber respondido ante las objeciones de sus adversarios, como Heráclito exclamó, invitando a sus visitantes a que se acercaran al fuego.

“Cualquier cosa, por pequeña y mínima que sea —dice Bruno—, tiene en si una parte de substancia espiritual, la cual, si encuentra dispuesto al sujeto, se desarrolla en planta o en animal y recibe los miembros de un cuerpo que, por lo común, se llama animado: porque espíritu se encuentra en todas las cosas y no existe un mínimo corpúsculo que no contenga en sí una parte que lo anime.”

Otra consecuencia capaz de escandalizar a los maes­tros escolásticos se refiere a la inmortalidad del uni­verso. Se trata, por cierto, de una inferencia entera­mente lógica, si se tienen en cuenta los principios establecidos hasta aquí, según los cuales no hay entre el universo y Dios una distinción real y, menos aún, una separación. La forma del universo y también su–materia no pueden perecer ni tener fin; lo único que perece son los seres particulares (esto es, los accidentes de la única substancia), a los cuales, por eso, no se puede considerar nunca como verdaderas substancias, según hacen los escolásticos (que, siguiendo al Estagirita, denominan “substancia pri­mera” al individuo subsistente). Del mismo modo Heráclito, quien sostiene con proverbial vigor la idea del flujo de los seres, afirma con no menor fuerza la existencia de un “fuego siempre viviente”, que “siempre fue, es y será” (B 30).

He aquí, a modo de resumen de estas últimas tesis, las palabras mismas del Nolano: “Si, pues, el espíritu, el alma, la vida se encuentra en todas las cosas y, según ciertos grados, llena toda la materia, viene a ser ciertamente el verdadero acto y la verdadera forma de todas las cosas. El alma del mundo es, por tanto, el principio constitutivo del universo y de aquello que en él se contiene. Digo que, si la vida se encuentra en todas las cosas, el alma viene a ser forma de todas las cosas: ella rige la materia en to­dos lados y domina en los compuestos, produce la composición y la consistencia de las partes. Y, sin embargo, la persistencia no parece convenir menos a tal forma que a la materia. Entiendo que esta (forma) es una sola en todas las cosas. Ella, sin em­bargo, de acuerdo a las diversas disposiciones de la materia y según la capacidad de los principios ma­teriales activos y pasivos, llega a producir figuras diversas y a realizar posibilidades diferentes, mos­trando a veces como efecto una vida sin sensación: otras, una vida con sensación y sin inteligencia; otras parece que tuviera todas las facultades suprimidas y reprimidas, ya por debilidad ya por otros motivos de la materia. Así, cuando esta forma cambia de sede y circunstancias, es imposible que se aniquile, porque la substancia espiritual no es menos subsis­tente que la material. Por consiguiente, solamente cambian y se aniquilan las formas exteriores, porque no son cosas sino algo de las cosas, no son substan­cias sino accidentes y circunstancias de las subs­tancias”.

Después de un preludio burlesco o paradójico, a cargo de Gervasio y del pedante Poliinio, el diálogo tercero se dedica a dilucidar la naturaleza de la ma­teria, así como el segundo trató particularmente de la forma y del alma del universo. En primer lugar se muestra, como lo dice el propio Bruno en el “Proemio”, que David de Dinant no fue loco (re­cuérdese el “stultissime posuit” del Aquinate) “al considerar la materia como cosa excelentísima y divina”. Avicebrón en su Fons vitae y otros muchos filósofos antiguos (entre los cuales incluye Bruno a Demócrito, junto con epicúreos, estoicos, cínicos y cirenaicos) consideran que la materia es la única substancia y que “las formas no son sino disposicio­nes accidentales de la materia”. Más aún, dicen también que ésta es la naturaleza divina. El propio Bruno declara haber adherido durante un tiempo a esta concepción, que tiene para él “fundamentos más concordes con la naturaleza que los de Aristó­teles”. Sin embargo, más tarde, meditando con ma­yor detenimiento, llegó a la conclusión de “que es necesario reconocer en la naturaleza dos géneros de substancia, uno que es forma y otro que es materia”.

De este modo, parece sustituir el monismo materia­lista de los antes citados filósofos por una suerte de dualismo, basado, por cierto, en el hilemorfismo aristotélico.

Sin embargo, el dualismo no es en Bruno sino apariencia o, por mejor decir, recurso dialéctico de que se vale para formular, más allá del monismo de la materia (David de Dinant) y del monismo de la forma (Amaury de Benes), un monismo integral. Sin duda, “es necesario que haya un acto sustancia­lísimo en el cual se da la potencia activa de todo, y además una potencia y un sujeto en el cual haya una no menor potencia pasiva de todo”. Sin embar­go, ambas substancias no son, en realidad, sino una sola, en cuanto se exigen mutuamente, en cuanto no puede existir la una sin la otra, en cuanto son esencialmente coextensivas y correlativas. Algunas páginas más adelante, lo señala con entera claridad: “Y así no hay cosa alguna de la cual se pueda pre­dicar el ser y no se pueda predicar el poder ser. Esta (la materia o potencia pasiva) corresponde tan completamente a la potencia activa (forma) que la una no existe en modo alguno sin la otra. Por lo cual, si siempre ha existido la potencia de hacer, de producir, de crear, siempre ha existido la poten­cia de ser hecho, producido y creado, porque una potencia implica la otra, es decir, al ser puesta una, pone necesariamente a la otra. Dicha potencia (pa­siva) , como no indica debilidad en aquel de quien se predica sino que más bien confirma su virtud y eficacia y al fin se encuentra que es completamente una y la misma cosa con la potencia activa, no hay filósofo ni teólogo que dude en atribuirla al primer principio sobrenatural” (cf. R. Mondolfo, op. cit.,p. 78)

La materia es, en sí misma, una y absoluta, pero cuando se la considera desde diversos puntos de vista y con fines diversos (en mecánica, en, medicina, etc.) se pueden dar de ella definiciones diferentes. El significado de la misma palabra “materia” puede captarse mediante una analogía con la actividad de los artesanos: “Considerad una especie de arte, como la del carpintero, la cual para todas sus formas y todos sus trabajos se vale de la madera, como el herrero del hierro y el sastre del paño. Todas estas artes construyen en una misma materia diversos re­tratos, órdenes y figuras, ninguna de las cuales es propia y connatural a aquélla. Así, la naturaleza, a la cual se asemeja el arte, necesita tener una materia para sus operaciones, porque no es posible que haya agente alguno que, si quiere hacer algo, no tenga de qué hacerlo, o si quiere obrar, no tenga con qué obrar. Es, por tanto, una especie de sujeto, del cual, con el cual y en el cual efectúa la naturaleza su operación y su trabajo; el cual es formado por ésta con muchas formas que presentan a los ojos de la consideración gran variedad de especies. Y así come la madera no tiene por sí misma ninguna forma artificial, pero puede tenerlas todas por la ac­ción del carpintero, así la materia, de la que habla­mos, por sí misma y en su naturaleza, no tiene forma natural alguna, pero las puede tener todas por la acción del agente activo, principio de la naturaleza”. La materia de la naturaleza, a diferencia de la del arte, no es sensible (porque no tiene forma, deter­minación o cualidad alguna); es una sola (ya que toda diferencia y, por tanto, toda pluralidad nace de la forma); y sólo puede ser conocida con la ra­zón. Las formas pueden variar al infinito; la mate­ria sigue siendo, en la naturaleza, una sola. “¿No veis —exclama Teófilo— que lo que era semilla se hace hierba, y de lo que era hierba surge la espiga; de lo que era espiga se hace pan; del pan, quilo; del quilo sangre; de ésta semilla; de ésta embrión; de éste, hombre; de éste, cadáver; de éste, tierra; de és­ta, piedra u otra cosa, y así sucesivamente hasta lle­gar a todas las formas naturales?”. De lo cual infiere —ni más ni menos que los milesios y Diógenes de Apolonia—: “Es necesario, por tanto, que exista una sola cosa, que de por si no es piedra ni tierra ni cadáver, ni hombre, ni embrión, ni sangre ni ningún otro objeto, pero que, después de ser sangre se haga embrión, recibiendo el ser del embrión; después de ser embrión reciba el ser del hombre, haciéndose hombre”. De esto se sigue que nada se pierde o se aniquila, excepto las formas accidentales: la substancia, esto es, tanto la materia como la forma substancial, es in­disoluble e inaniquilable (inmortal e imperecedera, decía Anaximandro) Síguese, sin embargo, tam­bién, que lo que aquí se denomina “forma substan­cial” no es lo mismo que entienden bajo tal nombre los escolásticos, pues para éstos las formas substan­ciales “no consisten sino en cierta complexión y orden de los accidentes y todo cuanto saben aducir fuera de su materia primera no es otra cosa más que accidente, complexión, hábito de cualidad, prin­cipio de definición, quiddidad”. Para Bruno (que explícitamente se avecina aquí a los presocráticos) la forma substancial, única e imperecedera, es “una única inteligencia que confiere el ser a todas las co­sas”, o sea, “un alma y principio formal que se hace todas las cosas y a todas las informa”. Esta es la verdadera “fuente de las formas”. Y, junto a ella, como “receptáculo de las formas”, está la materia, igualmente una e imperecedera, “de la cual son he­chas y formadas todas las cosas”.

Del concepto antes desarrollado de la materia, se infiere que tanto Dios como el universo son todo lo que pueden ser, o sea, que en ellos —o quizás mejor fuera decir, a pesar de la diferencia entre modo “complicado” y “explicado”, en él, puesto que no son en el fondo sino uno solo— la potencia pasiva se identifica enteramente con la potencia ac­tiva y con el acto, mientras que las demás cosas, esto es, cada uno de los seres que integran el uni­verso, no son todo lo que pueden ser y, por consi­guiente, la potencia activa puede realizar en ellos innumerables cambios. Esta divinización del universo y de la materia no podía dejar de plantear a una mente alerta y a una sensibilidad avisada, como la de Bruno, el problema del mal. He aquí, sin duda, el gran escollo de todo panteísmo, aunque hay que confesar que el escollo no es de ningún modo menor en el teísmo, sino, por el contrario, más grave y peligroso.

¿Cómo se explican la muerte, la corrupción, los vi­cios, los defectos, los monstruos en esta naturaleza, que es divina y perfecta? Para responder a tal cues­tión, Bruno recurre a la dialéctica del Todo y las partes. “Estas cosas -dice- no son acto y potencia sino defecto e impotencia”. Y con ello parecería estar repitiendo a Santo Tomás y a Aristóteles. Pero el contexto monista de su pensamiento lo diferencia de ellos. Son defecto e impotencia–añade– por­que no son todo lo que pueden ser y se esfuerzan por lo que pueden ser”, por lo cual, “como no pue­den ser junto y al mismo tiempo tantas cosas, pierden un ser para adquirir otro y a veces confun­den al uno con el otro y se ven disminuidas, incom­pletas y estropeadas por la incompatibilidad de éste y (le aquel ser y por la ocupación de la materia en éste y en aquél”. La explicación podrá parecer abs­tracta y “metafísica”, pero en todo caso resulta más clara y más lógica que cualquiera otra intentada por el teísmo.

El universo, que ocupa todos los lugares posibles, está, por eso, en todas partes (aunque, al mismo tiempo, no está en ninguna, ya que no “ocupa” un lugar determinado). En efecto, “si es todo lo que puede ser y posee todo lo que es capaz de poseer, estará a un mismo tiempo por todas partes y en todas”. Por otro lado, será la suma quietud y la máxima velocidad: “porque se entiende por inmóvil aquello que en un mismo instante parte de un punto de oriente y retorna a él, fuera de que no menos se ve en oriente que en occidente y en cualquier otro punto de su circuito”. Heráclito había escrito: “Común es el principio y el fin en la circunferencia” (B 103).

En Dios y en el universo los contrarios todos se identifican, y Bruno expresa tal identidad con “eroi­co furore” y místico entusiasmo: “El es toda cosa y puede ser toda cosa: potencia de todas las poten­cias, acto de todos los actos, vida de todas las vidas, alma de todas las almas, ser de todos los seres, por lo cual con profundidad dice el Revelador: El que es, me envía”; “El que es”, así dice. Y aque­llo que en otras partes es contrario y opuesto, en El es uno e idéntico, y toda cosa es en El una misma cosa, ya se trate de diferencia de tiempos y duracio­nes, ya de actualidad y posibilidad: para El no hay cosa antigua y cosa nueva, por lo cual bien dijo el Revelador: “primero y novísimo”.

Este acto absoluto, que coincide plenamente con la absoluta potencia, no puede ser captado por la inteligencia sino por el camino de la negación. En efecto, ésta no es capaz de aprehenderlo “ni en cuan­to puede ser todo ni en cuanto es todo”. Para en­tender, nuestra inteligencia necesita formar una “especie inteligible” y asimilarse a ella. Ahora bien, esto resulta imposible, porque ella nunca es tan grande que no pueda llegar a serlo más, mientras que al acto absoluto no se le puede añadir nada. “No hay, por consiguiente, ningún ojo que se pueda aproximar o que tenga acceso a tan altísima luz y a tan profundísimo abismo”, dice Dicson (uno de los personajes del diálogo), adhiriendo a la antigua vía de la teología negativa.

En cuanto la potencia y el acto coinciden en el pla­no de lo absoluto, la materia (esto es, la poten­cia) no es menos excelente que la forma. El uni­verso tiene así un primer principio que es, al mismo tiempo, materia y forma, como physis de los pri­meros filósofos griegos.

Por tal motivo, no será difícil concluir —como el propio autor anota— “que el todo, según la substancia, es uno, como tal vez lo entendió Parménides, innoblemente tratado por Aristóteles”. Arribamos de este modo a la idea fundamental de la metafísica de Spinoza: “Y aunque, cuando se desciende por la escala de la naturaleza, existe una doble substancia, una espiritual y otra corporal, al fin una y otra se reducen a un solo ser y lana sola raíz”. Sólo la ter­minología es todavía diferente, ya que Spinoza llamará “atributos” a lo que todavía. Bruno deno­mina “substancia” (espiritual y corporal) reser­vando este último nombre (substancia) para aquello que Bruno designa como “un solo Ser y una sola raíz”.

En el cuarto diálogo se sigue tratando de la materia, aunque no ya como potencia sino como substancia. Después de una especie de “intermedio”, que el autor denomina “pasatiempos poliinicios–, al entrar de nuevo en el tema, sienta Bruno la tesis de la unidad de la materia en las cosas corpóreas y en las incorpóreas. Para probarla, aduce varios argu­mentos entre los cuales es digno de especial atención el cuarto, que reproduce esencialmente (aunque usando una terminología aristotélica) el raciocinio con que Anaximandro infiere la necesidad de una substancia “indeterminada” (ápeiron). “La razón misma no puede hacer que, antes de cualquier cosa distinguible, no se presuponga una cosa indistinta (hablo de aquellas cosas que existen, porque entre ente y no ente no hay —a mi entender— una distin­ción real, sino verbal y nominal solamente). Esta cosa indistinta es un concepto común, al cual se añade la diferencia y la forma distintiva. Y cierta­mente no se puede negar que, así como todo lo sensible presupone el sujeto de la sensibilidad, así todo lo inteligible el de la inteligibilidad. Es nece­sario, pues, que exista una cosa que responda al concepto común de uno y otro, porque toda esencia está necesariamente fundada sobre algún ser, con excepción de la primera, que se identifica con su ser, porque su potencia es su acto y porque es todo lo que puede ser.

Así como, según su naturaleza propia, el hombre difiere del león, pero según la na­turaleza del animal y de la substancia corpórea, coincide y se identifica con él, de un modo seme­jante, según sus naturalezas propias, la substancia corpórea y la incorpórea son diferentes, pero “a una potencia activa tanto de cosas corporales como de cosas incorporales, o bien, a un ser, tanto corpóreo como incorpóreo, le corresponde una potencia pasi­va, tanto corpórea como incorpórea, y un poder ser, tanto corpóreo como incorpóreo. Si queremos, pues, decir que hay composición tanto en una como en la otra naturaleza, debemos entenderla de una y otra manera, y considerar que en las cosas eternas hay una materia siempre en acto y en las cosas variables está contenida ya una, ya otra; en aquéllas, la materia tiene de una vez, siempre y al mismo tiempo, todo lo que puede tener y es todo lo que puede ser, pero en éstas (lo tiene y lo es) en varias veces, en tiempos diversos y según determinadas sucesiones”.

Aun cuando la materia en las cosas incorpóreas se interprete, como hacen algunos autores, en un sen­tido muy diferente del de la materia en las cosas corpóreas, “por más grande que sea la diversidad según el concepto propio, por el cual una desciende al ser corporal y la otra no, una recibe cualidades sensibles y la otra no, y por más que parezca no haber nada en común entre aquella materia a la cual le repugna la cantidad y el ser sujeto de las cualidades que tienen su ser en las dimensiones, y la naturaleza a la cual no le repugna ni una ni otra cosa, sin embargo, aquélla .y ésta son idénticas y (como muchas veces he dicho) toda la diferencia entre ellas depende de la contracción a ser corpórea y no ser corpórea”.

En otras palabras, la materia que es actualmente todo cuanto puede ser, lleva en sí todas las canti­dades, dimensiones y figuras, y como las tiene todas, no tiene ninguna, “porque aquello que es tantas cosas diversas, es preciso que no sea ninguna de ellas en particular” y porque “es preciso que lo que es todo excluya todo ser particular”. Conclusión que reproduce, aunque sin citarlo, casi literalmente a Anaximandro.

Implícitamente de acuerdo con éste, pero apoyán­dose explícitamente en Averroes, Plotino y Platón, sostiene asimismo Bruno que la materia tiene en sí todas las determinaciones, ya que no las recibe desde afuera sino que, más bien, las extrae de su seno. De tal modo, ella “no es aquel prope nihil, aquella pura potencia, desnuda, sin acto, ni fuerza y sin perfección” que suponen los escolásticos. Se dice que está “privada de formas y carece de ellas, no como el hielo está sin calor y lo profundo está pri­vado de luz, sino como la mujer preñada está sin su prole, a la cual saca y extrae de sí, y como en este hemisferio la tierra está durante la noche, sin la luz, que, al darse vuelta, puede reconquistar”. Por eso, aun en las cosas corpóreas, el acto coincide, si bien no absolutamente, con la potencia, y como esta po­tencia de abajo se identifica, en última instancia, con la de arriba, es posible remontarse así hasta el alma del mundo, que es acto de todo y potencia de todo y está entera en todo, “por lo cual, al fin, suponiendo que existan innumerables individuos, todos los seres son uno, y conocer esta unidad es la meta y el fin de toda filosofía y contemplación na­tural”. En resumen: si la materia contiene en sí las formas y no es algo vacío sino, más bien, hen­chido de realidades larvadas; si ella desarrolla (o explica) lo que tiene latente (o implicado), “debe ser considerada como cosa divina y óptima proge­nitora, como generatriz y madre de las cosas natura­les; más aún, como la naturaleza total en substancia”.

En el libro quinto se trata especialmente del uno, con lo cual, como el propio autor anota en el proe­mio, “se llega a sentar el fundamento del edificio de todo el conocimiento natural y divino”.

Para empezar, se explica la coincidencia de materia y forma, de potencia y acto, de modo que el ente, que desde un punto de vista lógico, esto es, según nuestra consideración racional, se divide en real y posible, en lo que es y lo que puede ser, desde un punto de vista físico (o, mejor diríamos, metafísico), es uno e indiviso y, al mismo tiempo (como natural consecuencia), inmóvil e infinito. El diálogo se inaugura con un verdadero himno a la unidad del Todo: “Es, pues, el universo uno, infinito, inmóvil. Una, digo, es la posibilidad ab­soluta, uno el acto, una la forma o alma, una la materia o cuerpo, una la cosa, uno el ente, uno el máximo y óptimo”. Este uno es infinito y, en consecuencia, no puede moverse, porque no tiene ya lugar alguno adonde dirigirse; no nace ni se co­rrompe, porque no hay, fuera de él, nada de lo cual pueda hacerse o en lo cual pueda resolverse; no disminuye ni aumenta, porque nada se le puede qui­tar o añadir al que es infinito; no se altera en nin­gún sentido, porque no hay fuera de él nada que lo pueda afectar; no es materia, porque no tiene ni puede tener figura o límite; no es forma, porque no confiere a otro forma y figura, ya que es Todo, Uno, Universo; no es medible ni es medida; no comprende ni es comprendido en otro, porque no tiene mayor o menor que él; no se compara, porque no tiene término de comparación; no tiene partes y no es compuesto, porque es uno e idéntico a sí mismo.

“Este es límite de modo que no es límite; es de tal modo forma, que no es forma; es de tal modo ma­teria, que no es materia; es de tal modo alma, que no es alma: porque es el Todo indiferentemente: es, sin embargo, uno; el universo es uno solo.”

En él no hay diferencia entre el instante y el año, el año y el siglo; ni entré el palmo y el estadio, el estadio y la parasanga, ya que en el infinito no hay diferencia entre uno y otro: “Infinitas horas no son más que infinitos siglos, e infinitos palmos no exis­ten en mayor número que infinitas parasangas”. En otras palabras: a la identidad absoluta de lo infinito “no te aproximas más con ser hombre que con ser hormiga, no más con ser estrella que con ser hom­bre”. En el infinito todas las cosas particulares son in-diferentes o no-diferentes. Pero si no son diferen­tes, no son especies, y si no son especies no son número. Así, el universo es un uno inmóvil, que lo comprende todo, que no admite alteridad ni mutación alguna, que, por consiguiente, es todo cuanto puede ser y no implica distinción entre acto y potencia.

Si esto es así, es preciso también que en él no se diferencien el punto, la línea, la superficie y el cuer­po. “Es necesario, pues, que el punto, en el infinito, no se diferencie del cuerpo, porque el punto, desli­zándose del ser punto, se hace línea; deslizándose del ser línea, se hace superficie; deslizándose del ser superficie, se hace cuerpo; el punto, por tanto, ya que está en potencia para ser cuerpo, no difiere  del ser cuerpo allí donde la potencia y el acto son una misma cosa.” Así, el individuo no se diferencia del dividuo, lo más simple de lo infinito, el centro de la circunferencia, lo máximo de lo mínimo, y se puede “afirmar que el universo es todo centro o que el centro del universo está en todas partes, y que la circunferencia no está en parte alguna en cuanto es diferente del centro, o bien que está en todas partes pero no tiene centro, en cuanto éste es dife­rente de ella”.

He aquí por qué la divinidad es todo, en todo y por todo, ya que “como simple e indivisible puede ser­lo todo, y estar en todo y por todo”. Aludiendo al Himno a Zeus del estoico Cleantes, Bruno sostiene que “no en vano se ha dicho que Zeus llena todas, las cosas, habita todas las partes del universo, es : centro de lo que tiene ser, uno en todo, gracias al cual todas las cosas son uno”. Y, evocando a la vez a Nicolás de Cusa y a Heráclito, aunque sin nom­brarlos, dice que la divinidad “siendo todas las cosas y comprendiendo en sí todo el ser, llega a hacer que todas las cosas estén en todas”. Tampoco olvida aquí Bruno el problema del cambio y del devenir. Esboza así, a continuación, el sentido de su dialéctica, la cual, a diferencia de la de Hegel, no supone que la contradicción inherente a cada una de las determinaciones sea causa del movimiento sino que, como la de Heráclito, concibe una multi­plicidad de determinaciones en el ser único y uni­versal, que se dan sucesivamente y, al ser comparadas entre sí, revelan el movimiento.

En efecto, ninguna mutación o cambio tiende realmente hacia otro ser sino hacia otro modo del ser. La diferencia entre el universo y las cosas particulares consiste en que aquél abarca todo el ser y todos los modos del ser, mientras cada una de éstas comprende todo el ser pero no todos los modos del ser. Ahora bien, como no puede tener al mismo tiempo y en acto todos los modos del ser, porque muchos de ellos, al ser contrarios o al pertenecer a especies diversas, no pueden estar en el mismo objeto, cambia y se mueve en busca de los modos que no tiene y de los accidentes que actualmente le faltan. El hecho de que existan, infinitos modos de ser no impide que el ente o la substancia sea una sola. Lo es, sin embar­go, de tal modo que se trata de una unidad multi­forme y multifigurada. El ente es así, igual que para Heráclito y los primeros jónicos, pluriunidad o, mejor todavía, unipluridad.

“He aquí, pues, cómo todas las cosas están en el universo y el universo está en todas las cosas, noso­tros en él, él en nosotros, y todo converge en, una perfecta unidad.”

Bruno infiere de aquí, inclusive, consecuencias éti­cas. Esta unidad es lo único que permanece, lo único eterno; todo rostro, toda modalidad, toda otra cosa es vanidad y casi nada; más aún, fuera de lo uno es una pura nada. ¿Por qué preocuparse y afa­narse, entonces, por tales cosas?

Los verdaderos filósofos (se refiere en especial a los presocráticos, esto es, a Pitágoras y a los “físicos”, o sea, a los jonios) han encontrado esta unidad, y con ella, la Sabiduría: “La misma cosa son, en efec­to, la sabiduría, la verdad y la unidad”.  Y no sin razón, desde su perspectiva monista, reprueba a Aristóteles, “que no encontró el uno, no encontró el ente y no encontró la verdad, porque no llegó a entender al ente como uno” y, más aún, como estéril sofista, interpretó torcidamente las sentencias de los antiguos (esto es, de sus predecesores y, especialmen­te, de los presocráticos) y se opuso a la verdad, “no tanto quizás por imbecilidad del entendimiento cuanto por fuerza de la envidia y la ambición”.

Por boca de Dicson desarrolla luego, como conse­cuencia de lo antes expuesto, la idea de que el ente, lo verdadero, el universo, el infinito, “está todo en­tero en cada una de sus partes, de modo que es el mismo en todas partes”. Por eso, lo que está en el universo está en todas partes según el modo que es capaz de asumir, y así “está arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda y según todas las diferencias de lugar, porque en todo el infinito existen todas estas diferencias y ninguna de ellas”.

Cualquier cosa que se considere dentro del universo implica, pues, según su propio modo, el alma entera del mundo, que, a su vez, está toda entera en, cada parte del mismo. “Sin embargo, como el acto es uno y produce un solo ser dondequiera que se dé, así no se ha de creer que en el mundo haya pluralidad de substancia y de lo que es verdaderamente ente.”

Así como el alma, aun de acuerdo a la opinión corriente, está en todo el cuerpo que anima, y al mismo tiempo está toda entera en cada una de sus partes, “así la esencia del universo es una sola en el infinito y en cualquier cosa considerada como miembro de aquél, de modo que el todo y cada una de sus partes viene a ser absolutamente uno, según la substancia”.

Todas las diferencias -cualitativas que se pueden observar en los cuerpos, no son, sino diversos rostros cambiantes de una misma substancia inmutable. La diversidad no hace sino poner en acto determinadas cualidades y accidentes de la única substancia. Y así como una misma semilla se transforma en los diferentes miembros de un animal y un mismo ali­mento se hace quilo, sangre, flema, carne, etc., así todas las cosas desde las más bajas a las más subli­mes, se reducen a “una original y universal substan­cia, igual al todo, la cual se denomina ente; funda­mento de todas las especies y formas diversas”. De este modo, toda diversidad de géneros, especies, propiedades, etc., todo lo que surge de la generación, la corrupción, la alteración y el cambio “no es ente ni es ser sino circunstancia del ente y del ser, el cual es uno, infinito, inmóvil, sujeto, materia, vida, alma, verdad y bien”.

Como es también indivisible y simplicísimo, no se puede decir que el ente (o la substancia) tenga .partes, pero sí que hay ente o substancia de la parte o, mejor, en la parte, y así corno no se puede hablar de parte del alma que está en el brazo, pero sí del alma en esta parte que es el brazo, así se puede ha­blar de la substancia de esta parte, o en esta parte del universo. Aquel que engendra y es engendrado, por una parte, y aquello con lo cual se produce la generación, por otra, tienen siempre la misma substancia. Bruno cita aquí explícitamente a Heráclito, el cual afirma que todas las cosas son uno y que este uno, al trans­formarse, saca de sí todas las cosas, y que, al tener todas las formas en su seno, admite todas las definiciones y hace que sean verdaderas las proposiciones contradictorias. De acuerdo también con el Efesio, e interpretándolo con singular acierto, añade: “Y lo que produce la multiplicidad en las cosas no es el ente, no es la cosa, sino la apariencia, que se repre­senta a los sentidos y está en la superficie de la cosa”.

Finalmente, para completar todo lo dicho hasta aquí, expone Bruno una serie de tesis acerca “de esta importantísima ciencia y de este solidísimo fun­damento de las verdades y secretos de la naturaleza”, esto es, acerca de la dialéctica.

Primera: Afirma, como Heráclito, como Plotino, como Escoto Erígena, la unidad e identidad del proceso ontológico y del proceso gnoseológico: Una y la misma es la escala por 1a cual la naturaleza desciende a la producción de las cosas y aquella por la cual el entendimiento asciende al conocimiento de las mismas. Del uno procede lo múltiple y el uno se dirige hacia el uno, pasando por lo múltiple, como a través de un medio necesario.

Segunda: El entendimiento sólo puede captar la pluralidad mediante una reducción a la unidad. Aquél, a fin de liberarse de la imaginación, a la que está unido, recurre a las matemáticas cuando quiere comprender el ser o la substancia de las cosas y, al fin, llega a referir la multiplicidad de clases a una y la misma raíz. Pitágoras —dice Bruno de­mostrando una vez más su filiación presocrática ­lo hace mejor que Platón, pues pone como substan­cia y principio universal el número, esto es, la uni­dad, mientras éste, movido más por vanidad que por amor al saber (como se dijo antes de Aristóte­les), en lugar del número uno, pone el punto (susti­tuyendo la aritmética por la geometría que, para bruno, es menos universal, ya que sólo afecta a lo corpóreo).

Tercera: Careciendo la substancia en sí misma de cantidad y no siendo el número nunca substancia sino algo de la substancia, debe decirse que ésta esencialmente no tiene número y que es una e indi­visible en todas las cosas particulares, las cuales son tales gracias a algo que no es la substancia sino que está en ella. Quien capta, pues, un objeto particu­lar como particular no capta una substancia par­ticular sino la substancia en lo particular. La substancia una, indivisa, anterior a toda multipli­cidad y cantidad, se hace múltiple por los accidentes.

Cuarta: Defiende, como conclusión, la idea de la coincidencia y unidad de los contrarios, de la cual se sigue que todas las cosas son uno. Para probarlo aduce primero varios argumentos de carácter geomé­trico, entre los cuales está el siguiente, que toma de Nicolás de Cusa. (De mathematica perfectione): Lo contrario de la línea recta es la circunferencia. Aho­ra bien, en lo mínimo ambas coinciden, ya que el arco mínimo concuerda con la mínima cuerda. Y también recta y curva concuerdan en lo máximo, ya que la circunferencia infinita coincide con la línea recta. El arco BB es mayor que AA y CC mayor que BB y el DD mayor que los otros tres, y con esto se van acercando más y más a la rectitud de la línea infinita del círculo infinito que es IK. Y así corno la línea mayor es también la más recta, así, la mayor de todas debe ser, superlativamente, la más recta de todas, de manera que la recta infinita se identifique con el círculo infinito.

Presenta después varios argumentos tomados de la física. Así, por ejemplo, sostiene que el principio de la generación y el de la corrupción se identifican. Vemos, en efecto, “que la corrupción no es otra cosa más que una generación y la generación no es otra cosa más que una corrupción; que el amor es un odio y el odio es, al fin, un amor”, puesto que el odio de lo contrario es el amor de lo propio y viceversa, con lo cual se ve que esencialmente coinciden: amor y odio, amistad y discordia. La alu­sión a Heráclito, aunque no explícita, resulta, una vez más, bastante clara. La obra concluye, como ha comenzado, con una suerte de himno a la unidad, el cual nos recuerda el acento lírico que alcanzan a veces los presocráticos (como Heráclito y Diógenes de Apolonia), al hablar de la physis: “Loados sean los dioses y ensalzada por todos los vivientes la infi­nita, simplicísima, unísima, altísima y absolutísima causa, principio y uno”.

El diálogo Sobre el infinito universo los mundos, que aquí presentamos traducido al castellano, es la versión cosmológica de la metafísica bruniana, ex­puesta principalmente en el Sobre la causa, el principio y el uno. Sus personajes, Elpino, Fracastorio, Burquio, Albertino y Filoteo (que representa el pensamiento de Bruno), analizan y discuten la astronomía enseñada en las escuelas de la época. Esta tenía sus raíces (aunque no su forma acabada) en Aristóteles. A la imagen del mundo físico vigente en la época, contrapone Bruno una nueva imagen que tiene sus raíces (aunque no su forma acabada) en Copérnico. A la concepción geocéntrica sustituye la heliocéntrica; a la idea de las esferas, la del continuo espacial; al universo finito, el infinito uni­verso; al mundo único, los mundos innumerables; a la tierra corno hogar privilegiado de la vida y de la razón, la existencia de seres vivos e inteligentes en otros planetas y estrellas, y, como consecuencia de todo esto, a la idea de un Dios trascendente, distinto del universo, motor inmóvil y creador del mismo, contrapone la idea de un Dios inmanente, idéntico, en el fondo, al universo infinito, aunque concep­tualmente diferenciable de él.

En todo esto —y ya en la tesis central de la infinitud del universo y la existencia de innumerables mundos dentro de él— Bruno trasciende enteramente a Co­pérnico. Puede decirse que, partiendo de las doc­trinas astronómicas del canónigo de Frauenburgo, pero no sin la catalítica promoción del Cardenal de Cusa, se remonta a una concepción pre-aristotélica y aun pre-socrática del mundo. Salta hacia atrás —y, sin duda, al mismo tiempo hacia adelante—para llegar a epicúreos y estoicos, y de ellos a jónicos y pitagóricos.

Hoy sabemos, como dice Kristeller, que ya en el siglo XVI y antes de Bruno, la infinitud del universo fue defendida por Thomas Digges, pero no hay prue­ba alguna de que el Nolano haya conocido los escritos de aquél (op. cit., p. 136).

También podría compararse la imagen del universo físico de Bruno con la de su contemporáneo Patrizi, pero, según señala el mismo historiador, éste habla de un vacío infinito que rodea al mundo finito, mientras Bruno sostiene que no hay un mundo sino muchos y que lo que los rodea no es precisamente el vacío (como no lo era —podemos añadir— para Anaximandro o para Heráclito).

Pese a las varias citas de Epicuro y, sobre todo, de Lucrecio, tampoco coincide plenamente nuestro fi­lósofo con ellos ni con Gassendi y los neoepicúreos del Renacimiento, que en Italia están representa­dos por Telesio. En efecto, Bruno está lejos del sensualismo de éstos. Su aserción de la infinitud del universo y de los mundos innumerables no se basa en el testimonio de los sentidos sino que se pre­senta como una exigencia de la razón, aun cuando ésta, como en Demócrito y Heráclito, no esté sepa­rada de la sensación. Recuérdese que el propio Copérnico no era un buen observador y, debido a ello, “le resultó más fácil (como le había resultado a Aristarco) formular su nueva teoría, porque no estaba desconcertado por buenas observaciones”, se­gún advierte Sarton (Ensayos de historia de la ciencia. México. 1962. p. 110).

Pero, así como Copérnico comenzó sus estudios impulsado por el descubrimiento de América y la subsiguiente circunnavegación del globo, que había convertido “la idea de la esfericidad de la tierra de una deducción intelectual en una realidad concreta” (J. G. Crowther, A short history of Science, Lon­dres, 1969, p. 43) , así Bruno comenzó los suyos movido por la obra astronómica de Copérnico, que había colocado sobre concretas bases matemáticas la concepción heliocéntrica, vigente ya en la especu­lación de ciertos pitagóricos.

Es interesante observar, por otra parte, la relación, que es casi una proporción matemática, entre Colón y Copérnico, Copérnico y Bruno. El descubrimiento de América insinúa la idea de que Europa tal vez no sea el centro de la tierra y afirma ya, como un hecho, que no es, en todo caso, la única región habitada de la misma. Y he aquí que Copérnico sostiene y demuestra que la tierra no es el centro del sistema solar. De la negación del geocentrismo, Bruno infiere luego la idea, todavía más audaz, de que este sistema .es uno de los innumerables que pueblan el espacio infinito y que no es el centro del universo (puesto que en el infinito no hay arri­ba ni abajo ni centro).

Como ya lo había anticipado en La cena de le ceneri, tampoco admite la idea de las esferas, propia de la astronomía aristotélica y tolomaica. La exis­tencia de un último cielo, en el que estarían clavadas las estrellas “fijas”, no había sido desechada por Copérnico, pero para Bruno resulta todavía más absurda que la de las esferas .planetarias, puesto que significa erigir un límite para el universo, el cual, como obra de un Dios infinito, no puede sino ser infinito.

Si se parte de la infinitud del universo, la conse­cuencia lógica parece ser la no-existencia de Dios. ¿Qué ser sería, en efecto, el ser divino, cuando el ser del universo no tiene límite y lo abarca todo? ¿Dón­de podría estar Dios, cuando el universo ocupa todos los lugares pensables? Si se parte de la infinitud de Dios, la consecuencia lógica (aunque pocas veces extraída) parecería ser la no existencia del mundo. En efecto, si Dios es infinito, ¿qué sitio queda para las criaturas? Si su ser agota todas las posibilidades del ser (y esto es lo que “infinito” significa) ¿qué ser queda para el universo? El ateísmo es la conse­cuencia del primer supuesto: dado que el universo existe, Dios no existe. Los materialistas, desde Holbach, hacen suyo este argumento. El acosmismo es la consecuencia de la segunda premisa: puesto que Dios existe, el universo es una pura apariencia. El idealismo de Berkeley es, en Occidente, la expresión más cabal de esta concepción.

Ambos supuestos se sitúan en una perspectiva dualista. Bruno, al desechar este tipo de planteo, no se ve obligado a aceptar ninguna de sus consecuencias alternativas. Aun cuando algunas de sus expresiones pueden dar pie para suponer que, al igual que el Cardenal de Cusa, establece una distinción real entre Dios y el universo, por lo menos en cuanto éste es considerado como imagen de aquél, sin em­bargo, si se analiza con cierta profundidad el texto, se advertirá que, como bien dice Kristeller (ob. cit., p. 136) , “mientras el Cusano reserva la verdadera infinitud para Dios solo, Bruno usa la relación entre el universo y Dios como argumento para probar la infinitud del primero”. Puesto que Dios es infinito —arguye el Nolano— también tiene que ser infini­ta su obra. Será infinito, pues, el universo, aunque en diferente sentido que Dios. Pero —he aquí el punto crucial— ¿en qué consiste tal diferencia? Se trata, sin duda, de la diferencia que media entre causa y efecto. Sin embargo, cuando se trata de una causa infinita que produce —necesariamente— un infinito efecto ¿podrá hablarse de una distinción real? ¿Una causa infinita podrá dejar de ser real­mente inmanente a su obra infinita? ¿Una causa necesaria podrá diferenciarse –fuera de la mente, humana— de su necesaria consecuencia? Evidente­mente no. ¿Acaso no sostiene Bruno —siguiendo por cierto al Cusano— que en el infinito los con­trarios se identifican? Creador y criatura, modelo e imagen, Dios y universo no son, así, en la realidad, sino una y la misma cosa. Es claro que Bruno —igual que Jenófanes y por motivos no iguales pero análogos— usa a veces un lenguaje que sabe a dua­lismo teísta. ¿Puede esto sorprender en un filósofo que durante toda su vida se vio enfrentado a la más fanática de las censuras teológicas, que litigó pri­mero con sus cofrades dominicos, que sufrió luego las iras de los asesinos de Miguel Servet, que acabó, en fin, en la hoguera encendida por la inquisición romana?

El universo, imagen de Dios y, más aún, realidad en el fondo idéntica a Dios, es lo único inmóvil, Los infinitos mundos que alberga en su seno se mueven todos sin excepción. Pero, por una parte, ya no son conducidos por las esferas ni están adheridos a ellas sino que marchan libremente a través del espacio infinito, y por otra, no marchan hacia arriba o hacia abajo, ya que al no tener el universo un centro absoluto, no tiene sentido hablar de arriba y abajo. Tampoco se puede hablar de un peso ab­soluto: un cuerpo sólo es pesado o liviano en rela­ción a aquella parte del universo hacia la cual se dirige. Existen innumerables fuegos o soles en torno a los cuales giran, como en torno a este sol nuestro, varios planetas. Tanto los planetas como la propia tierra se mueven en virtud de un impulso intrínseco, esto es, en virtud del alma que anima y dirige a cada uno de ellos. Todos los cuerpos celestes, lejos de ser inmutables (como suponían los aristotélicos), se hallan sujetos a una perpetua mutación, ya que de continuo pierden partículas de su cuerpo y reci­ben, en cambio, otras desde afuera, A pesar de esto, mantienen su identidad, gracias a cierta fuerza por la que conservan su estructura. El elemento predo­minante en las estrellas o soles es el fuego; el de los planetas o tierras es el agua. Entre nosotros y las estrellas (fijas) hay distancias muy diversas: no se puede pensar, pues, en una única esfera que las con­tenga a todas.

El vacío absoluto no existe en los espacios intersiderales. Estos se hallan llenos de una substancia sutil, llamada éter. Los infinitos mundos del universo están habitados y en ellos existen seres vivos e inteligentes. El universo de Giordano Bruno deja de ser así un conjunto jerárquico, como había sido el de Aristóteles y el de todos los filósofos y astrónomos posteriores, incluyendo al mismo Copér­nico. Y aun cuando todavía quedan en él ciertos resabios de aristotelismo, puede decirse que éste está ya allí definitivamente superado. La cosmología de Bruno anuncia a Newton y a la física moderna, gracias, sin embargo, a una resurrección de la física más antigua de Occidente.

 

February 14, 2016 epriani@gmail.com Sin categoría, Uncategorized

Ernesto Schettino. Prólogo a la Expulsión de la bestia triunfante

Título: La expulsión de la bestia triunfante.

Autor: Giordano Bruno.

Autor de la introducción: Ernesto Schettino

Edición: Primera

Publicación: México. D.F.

Editorial: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Año: 1991

Páginas: 261

 

Prólogo.

[…] recordando el pasado, ordenando el presente y previendo el futuro.

Giordano Bruno

 ¿Por qué Giordano Bruno?

La idea de publicar una obra de Giordano Bruno en la colección Cien del Mundo nos pareció realmente afortunada y útil, pues el ob­jetivo de la misma es presentar al gran público una muestra repre­sentativa de los grandes autores de la humanidad. Y Bruno es, sin ninguna duda, uno de los pensadores a los que ésta debe más en su desarrollo intelectual.

Pese a que hubo de pasar mucho tiempo para que Bruno obtuvie­ra cierto reconocimiento (aún escaso desde nuestro punto de vista) por sus enormes aportaciones al avance del pensamiento humano, y aunque consideramos que deberá pasar otro tanto para que el jui­cio sobre su obra sea suficientemente objetivo, completo y justo, hoy en día son pocos los sectores que todavía pretenden borrar de la historia todo vestigio de su vida e ideas, como muchos lo intenta­ron desde los tiempos en que vivía.

En la “Introducción” a La cena de las cenizas intentamos dar una explicación de las causas religiosas, políticas, personales e inte­lectuales de semejante actitud y olvido. Aquí expondremos breve­mente el marco en que se desarrolló el pensamiento bruniano, apun­tando los principales marcos de referencia de su obra.

Giordano Bruno nació en Nota en 1548, en plena etapa de madu­rez del Renacimiento. Para entonces el sistema capitalista comenza­ba su proceso de consolidación a través de generar nuevos produc­tos, instrumentos y formas de producción, de nuevas relaciones mercantiles, de formas más avanzadas de apropiación, del desarro­llo de la conquista y colonización del llamado Nuevo Mundo, de la formación del mercado mundial, así como del establecimiento de fórmulas mercantilistas, monopolistas y proteccionistas por parte de las nacientes potencias europeas, convertidas —con el apoyo de la burguesía y de una nueva nobleza— en grandes Estados naciona­les bajo la estructura de monarquías centralizadoras.

Este proceso revolucionario en la estructura económica y eco­nómico-política, el tránsito del mundo feudal al moderno capita­lista, no podía darse sin grandes procesos de ajuste, sin enormes contradicciones y conflictos, sin profundos cambios y tensiones en todos los niveles; magnificados, en lo externo, por las relaciones in­ternacionales acrecentadas por el surgimiento del mercado mundial y la formación de los grandes imperios coloniales; y ampliados, en lo interno, por los conflictos intestinos a nivel nacional entre clases, partidos y facciones que, por lo demás, no tenían comparación con la estrechez del mundo feudal.

Las guerras contra moros y turcos, las insurrecciones campesinas, los movimientos revolucionarios y populares, los procesos por la consolidación de la nueva monarquía, las guerras de conquista y co­lonización, los conflictos ideológicos en el seno de la Iglesia, la Re­forma y la Contrarreforma, las guerras de religión, las luchas por el poder en todos los niveles, el ascenso político de la burguesía, el desarrollo de la nueva piratería, financiada por las naciones afecta­das en el reparto del Nuevo Mundo, sobre todo en el Atlántico, no son más que algunos de los grandes fenómenos en el nivel socio-político que acompañaron a aquellos otros, pero que se traducen en una infinidad de fenómenos particulares de gran riqueza histórica.

Esta serie de trascendentes acontecimientos, que modificaron tan radicalmente todas las formas del ser social, repercutieron en y se realimentaron con los productos del pensamiento y de la sensibili­dad artística y literaria, correspondiendo el desarrollo de éstos con aquéllos.

Puede concebirse al mundo intelectual y artístico del Renacimien­to como su principal y más rico producto histórico, pero éste no se comprende sin el de la economía y el de la política. El Renacimiento rompió la estrechez del mundo medieval tanto física como mental y prácticamente, ampliando en una enorme escala las posibilidades del ser humano. Los descubrimientos geográficos, las conquistas, la colonización y el desarrollo del mercado mundial van de la mano con las nuevas concepciones del mundo y la destrucción del geocen­trismo y del universo finito. La idea medieval del hombre como un ser caído, pecador, impotente y limitado, cede su lugar a la del ser creador, capaz de representar cualquier papel en el gran teatro del mundo, desde los sujetos más despreciables e ínfimos hasta a los pro­pios dioses, como un ser dominador de la naturaleza a través de su actividad, del conocimiento, de la ciencia y de la técnica.

“El Renacimiento no es, pues, tan sólo el rescate de los modelos y textos griegos y romanos, como pretendía Giorgio Vasari en las Vi­das de artistas ilustres. Es mucho más: una fase esencial en el desarrollo histórico de la humanidad, una gran época de revolución so­cial, que responde al tránsito del feudalismo al capitalismo, con sus etapas de crisis generalizada del sistema anterior y de formación y de consolidación del nuevo; que reúne, por lo mismo, residuos y reminiscencias de lo medieval, a la vez que produce las formas germinales, los desarrollos y anticipos del mundo moderno. Es, en síntesis, una era crítica, de cambios radicales, tránsitos constantes, agitación, inestabilidad, confusión, lucha, apasionamientos, con­tradicciones, grandes contrastes, de riquezas culturales insospecha­das, en la cual los elementos de la civilización en decadencia se mez­clan con los de la que está surgiendo.

En este contexto, podemos decir que ningún otro pensador del Renacimiento expresa como Giordano Bruno estas realidades con­trapuestas. En algunos aspectos conserva rasgos medievales, mien­tras que en otros es plenamente moderno, más aún, revolucionario. Y no se trata, como han pretendido algunos de sus críticos más inte­resados en desprestigiado, de que no exista suficiente coherencia; al contrario, pese a la exposición dialogada y a la búsqueda teórica in­cesante de Bruno, podemos afirmar que estamos ya ante un nuevo sistema filosófico con fuertes bases argumentativas y empíricas, ca­paces de sustituir, como en efecto ocurrirá, a las concepciones aris­totélica y aristotélico-tomista como sustento filosófico general y es­tructura de soporte de la filosofía y la ciencia modernas.

Lo que sucede es que en el Nolano se encuentran todavía (como en mayor, más que en menor medida, aparecen también en los de­más autores de la época) elementos, restos, vestigios de las concep­ciones dominantes durante la Edad Media, a la vez que se está desa­rrollando la verdadera revolución copernicana de la que hablaba Kant (o sea, no sólo el cambio en la concepción general del universo físico, sino también en la del conocimiento del mismo), pues en él maduran las ideas clave que servirán de base a la física moderna (especialmente bajo la modalidad galileana) y, en consecuencia, al res­to de las ciencias.

Para entender mejor el papel que desempeña Bruno como base de la revolución científica del siglo siguiente, debemos señalar que en él se dan dos condiciones necesarias para lograr semejante resulta­do: por una parte, el Nolano representa la gran síntesis del pensa­miento anterior, incluido el renacentista; y, por otra, un cúmulo de nuevas, sólidas y revolucionarias ideas.

Por lo que respecta a la síntesis, Bruno es consciente del gran pa­sado, de la rica historia que debe retomar y recrear, críticamente por supuesto, la cual abarca desde los textos de la antigua sabiduría de los egipcios, hasta sus propios tiempos, pasando por la Biblia, los físicos jonios, los pitagóricos, los atomistas, Platón, Aristóteles, los poetas clásicos griegos y latinos, Lucrecio, Cicerón, el Hermes Trismegisto, la patrística, los grandes pensadores árabes (particular­mente Avicena y Avicebrón), los cabalistas medievales, san Alberto Magno, santo Tomás, Raimundo Lulio, David de Dinant, los físicos de París (en especial Nicolás Oresme), los platónicos de la Academia Florentina (sobre todo a Marsilio Ficino y Giovanni Pico della Mi­randola), Maquiavelo, los poetas italianos del Renacimiento, Tele­sio, Paracelso y, en forma muy destacada, puesto que representan dos de sus fuentes primordiales, Nicolás de Cusa y Nicolás Copérni­co; a todos éstos los cita con mayor o menor frecuencia, se apoya en ellos, los recrea y cuestiona cuando es preciso.

Bruno utiliza en diversas formas (tanto positiva —materiales de su propia construcción teórica— como negativamente —obstáculos a quitar o deformidades a destruir) las ideas, tesis, problemáticas, concepciones de éstos y muchos otros pensadores de todo tipo, incluyendo a los que son tomados por perniciosos y son objeto de sus severas críticas, que van apareciendo de una forma u otra en los es­critos brunianos, como podrá observarse a lo largo de La expulsión de la bestia triunfante, que en este sentido es uno de los textos más ricos en el manejo de su inmenso, variado y sólido bagaje cultural.

Respecto de esto último, debemos mencionar que la inmensa cul­tura y gran memoria de la que hacía gala Bruno fue una de las causas de que con frecuencia fuera considerado brujo o mago, y que tan fatales consecuencias le trajo durante su vida, desde la estancia en el convento en Nápoles hasta su muerte en la hoguera de Campo di Fiori. Lo cierto es que había desarrollado, como parte de su gnoseo­logía y metodología, estructuras y prácticas mnemónicas al estilo del arte de la memoria de Lulio, aparte de su privilegiada capacidad de retención.

La filosofía de Bruno (o, como a él le gustaba denominarla: la nolana filosofía), su gran síntesis o summa, a pesar de la extraordinaria cantidad y calidad de antecedentes que comporta, no es ni remota­mente ecléctica ni caótica, sino profunda, peligrosamente crítica e internamente sistemática, como es fácil de advertir en la lectura de La expulsión de la bestia triunfante o en cualquier otra de sus obras (con mayor facilidad en las de contenido cosmológico u ontológico, por ser, en cierto sentido, concepciones más redondeadas, pese a su forma dialogal o poética). Esto es aún más meritorio, pues la solidez del edificio teórico aristotélico, apuntalado por el tomista, le había permitido sobrevivir cerca de dos mil años como el modelo teórico cosmológico por excelencia.

Los méritos de Bruno se acrecientan si tomamos en cuenta que le tocó vivir en la etapa de mayor conflicto dentro del Renacimiento, la de la Contrarreforma, que volvía sumamente peligroso pensar por cuenta propia, haciendo a un lado dogmas y cuestionando los argumentos de autoridad para establecer tesis nuevas y sostener lo que la evidencia personal mostraba como la verdad. Esta terrible lu­cha contra la Inquisición en su momento de auge o sus semejantes en países protestantes, el dogmatismo de los considerados sabios lo­cales, los prejuicios y prohibiciones y los intereses creados de or­den ideológico-político, no era tarea fácil, como nos muestra la his­toria intelectual de la segunda mitad del siglo XVI y principios del XVII.

Ahora bien, ¿cómo fue posible que en ese ambiente Bruno pudie­ra obtener semejante cultura y llegar a las nuevas concepciones? Parte de la respuesta la debemos encontrar entre bastidores del gran teatro político-religioso de la época.

El estallido de la Reforma permitió, en sus orígenes, un momentá­neo fortalecimiento de la orden de los predicadores (los dominicos) dentro de la estructura ideológico-política de la Iglesia católica; ya que, además de ser aquélla el núcleo más destacado intelectualmente de la misma, en tanto era la que formaba con mayor solidez a sus frailes en las teorías aristotélico-tomistas y con otras enseñanzas, los movimientos y tendencias protestantes habían surgido de manera primordial en otras órdenes religiosas, como los agustinos o los franciscanos, debido en especial a que los excesos, lujos y negocios de la Iglesia chocaban con sus propios principios.

Para combatir al protestantismo y las demás secuelas del desor­den religioso (herejías, magia, brujería, prácticas demoniacas, et­cétera), resultaba indispensable fortalecer a los paladines teórico-prácticos de la Iglesia, que eran sobre todo los dominicos; aunque pronto, justo en la segunda mitad del siglo XVI, y apoyada abierta­mente por España, se presentará la competencia de la Compañía de Jesús, iniciándose un tenebroso conflicto entre estos dos grupos cla­ve de religiosos católicos que tendrá una fuerte y fatal repercusión en la persona del Nolano.

Al ser, en principio, los dominicos la cabeza de la lucha contra el protestantismo, sus integrantes requerían tener la formación e infor­mación adecuadas para las prédicas, las polémicas, exorcismos u otras prácticas de contrarresto; es decir, requerían tener acceso a las fuentes del bien y del mal. En pocas palabras, los miembros —al me­nos los más destacados— de la orden de los predicadores tenían la necesidad, la posibilidad y la libertad para leer libros prohibidos por el index. Gracias a esta coyuntura, Bruno tuvo la oportunidad de leer muchos de estos textos en el convento de Santo Domingo en Ná­poles, como puede observarse a través de sus obras.

Pero la libertad tiene precio. Bruno destacó pronto por su capaci­dad teórica, su afán de saber y avidez de lectura, pero también por su independencia de criterio y franqueza de expresión, conjunto de cualidades que, aunadas a la fama de mago, se convirtieron en una fórmula explosiva que no pudo controlar la disciplina conventual. El marco de ésta era insoportable para un intelecto incontenible como el del Nolano. Después de haberse doctorado (1572) y de dos procesos dentro del convento por manifestaciones poco amistosas para con algunos de sus hermanos en religión, así como fuera de la ortodoxia respecto a los dogmas del catolicismo, Bruno termina por huir (1576) a Roma y luego al norte de Italia, comenzando así un largo peregrinaje que no parará sino hasta su encarcelamiento en Venecia (1592) y luego en Roma, hasta su muerte (17 de febrero de 1600) en esa ciudad, en la plaza de Campo di Fiori.

Su peregrinaje lo hace en busca de libertades espirituales, pero también de apoyos económicos y de realizaciones intelectuales. En ocasiones encuentra alguna de éstas, pero nunca todas juntas (lo más aproximado será su estancia en Inglaterra, pero a través de La cena de las cenizas y de La expulsión de la bestia triunfante nos po­demos percatar qué tan lejos estaba de alcanzar una situación ideal). Tres lustros durará su peregrinaje por diversas parte de Europa: cuatro años entre Roma, Siena, Noli, Venecia, Lucques y Chambéry; doce meses de terrible experiencia entre los calvinistas de Ginebra; poco más de un año entre Lyon, Aviñón, Montpellier y Toulouse, con algunos importantes éxitos, y también sobresaltos a causa de las guerras de religión; dos años en París bajo la protección del rey Enrique III, quien lo apoya ampliamente (1581-1583), gracias a lo cual logra sólidas realizaciones académicas, pero de nuevo las con­troversias del Nolano y las guerras de religión obligan al rey a en­viarlo a Inglaterra con su embajador, el señor de Mauvissiere (Mi­chel de Castelnau); residencia por dos años en Londres, con una fecunda producción editorial (ahí publica la mayor parte de sus diálogos italianos), apoyado por importantes nobles ingleses como Sid­ney y Greville; nueva estancia en París por más de un año, con importantes publicaciones, pero las complicaciones político-reli­giosas del reino de Francia y una desafortunada lectura en el Co­legio de Cambrai (el actual Colegio de Francia), provocan la migra­ción; Marburgo y Wittenberg le son favorables por un tiempo simi­lar, pero la muerte de su protector y la hostilidad del sector calvinis­ta lo obligan a continuar hacia otros sitios; Praga y Helmstadt representan una nueva etapa de casi un año, para partir de nuevo, ahora hacia Frankfurt y Zurich; pero, cansado de huir y con la nos­talgia del retorno a Italia, acepta en 1591 volver a Venecia, para ser denunciado y entregado a la Inquisición por su discípulo y anfitrión, el noble Mocenigo, irritado al parecer por lo que creía era renuencia del Nolano a compartir con él sus artes mágicas.

Quince años de un lado a otro, con serios problemas, disputas y persecuciones. Y, sin embargo, en esas condiciones produjo más de 40 obras, que sobrepasan las 5 mil páginas, de los más diversos con­tenidos (filosofía natural y moral, cosmología, mnemotecnia, ontología, literatura, magia natural y poesía), con ideas y tesis originales y básicas para el desarrollo del pensamiento humano, lo cual lo con­vierte en uno de los intelectuales más admirables en la historia de la cultura. A lo anterior habría que agregar que contaba apenas 44 años cuando, al encarcelarlo, la Inquisición cortó su vena de es­critor.

Pero más importante que el volumen y la variedad temática es el contenido, lo revolucionario y trascendente de sus teorías. Y, sin lu­gar a dudas, las más importantes son las nuevas concepciones gene­rales del universo, la materia y el alma, de las cuales dependerán mu­chas otras tesis concretas, entre las cuales están las relativas al ser humano, con proyecciones —directas o indirectas, francas o ver­gonzantes— a los más importantes autores de fines del siglo XVI y de todo el XVII: Campanella, Gilbert, Bacon, Brahe, Galileo, Ke­pler, Descartes, Spinoza, Leibniz, Toland, etcétera; aparte de otros autores y núcleos menos académicos y positivos, que también ten­drán en Bruno una de sus principales fuentes.

Una de las aportaciones fundamentales de Bruno al desarrollo de la filosofía y la ciencia modernas fue la nueva cosmología, su con­cepción general del universo, que podríamos denominar, sin temor a equivocarnos, como la verdadera revolución copernicana, ya que llevó a sus últimas consecuencias las ideas contenidas de manera im­plícita en De la revolución de las esferas celestes de Copérnico, ade­más de ir mucho más allá.

Lo anterior podemos entenderlo en varios sentidos: en primer lugar, porque la obra estaba prácticamente olvidada, en especial de­bido al prólogo de Osiander, que Bruno denuncia con vehemencia; segundo, porque Copérnico no había roto con la estructura aristoté­lica de un mundo finito, de centro fijo y una serie de esferas celestes, correspondientes a los diversos planetas y la de las estrellas fijas o bóveda celeste; tercero, porque no toca para nada la teoría de los elementos, conservando así casi toda la teoría aristotélica de los meteorológicos y la división del mundo en celeste y terrestre; cuarto, porque con lo anterior dejaba una gran cantidad de problemas sin tocar, con todas sus consecuencias.

Bruno arrasa con esos aspectos supervivientes, desarrollando una concepción global y coherente, que sirvió de base para el desarrollo de la física clásica a partir de Galileo.

Ante todo asume la idea de un universo infinito, en el cual no exis­te un centro absoluto, puesto que en el infinito no hay arriba o aba­jo, derecha o izquierda, sino sólo posiciones relativas al observador. Ante las posibles objeciones teológicas, toma como base las tesis de Nicolás de Cusa de que no podemos limitar la potencia divina con un mundo finito, imperfecto, limitado. Distingue ampliamente en­tre universo y mundo (o, mejor dicho, mundos, en plural).

A partir de lo anterior, se desvanecen las esferas celestes (Bruno llama de “cebolla” a esta concepción del universo, en virtud de las capas o esferas celestes con las que lo imagina), sustituyéndolas por la teoría de los sistemas solares, ya que replantea la idea copernicana del heliocentrismo, extendiéndola al conjunto del universo y soste­niendo que las estrellas son otros tantos soles con sus respectivos planetas —como el nuestro— y, al igual que en este caso, con posi­bles lunas y hasta formas de vida semejantes.

Así, los mundos se conciben innumerables y tan perfectos o im­perfectos como el que vivimos, o sea, plantea la tesis de la homoge­neidad de la materia en el universo, descartando la dualidad de físicas (celeste y sublunar), con consecuencias fundamentales para el estudio de los fenómenos celestes.

Las distancias entre los cuerpos celestes se conciben mucho mayo­res de lo que había pensado Copérnico, quien a su vez las había am­pliado con respecto a lo que había sostenido Ptolomeo, dando la ex­plicación de las apariencias provocadas por las mismas. Bruno le saca jugo a la tesis copernicana de los movimientos terrestres, extra­yendo nuevas conclusiones respecto a los de rotación y traslación, sosteniendo el movimiento polar que apenas si se había esbozado en De Revolutionibus, y añadiendo audazmente un movimiento zodia­cal, que por mucho tiempo se tomó como una simple locura junto con el polar, pero que ahora se ha reconsiderado en virtud de los mo­vimientos del sistema solar en el marco de la galaxia.

Aunque con muchos elementos especulativos, Bruno práctica­mente resuelve el problema de la gravedad y sostiene la idea de la existencia de la atmósfera. Replantea de manera radical el problema de las apariencias de los movimientos terrestres, sosteniendo que la gravedad es un fenómeno de magnetismo (tesis por la cual Gilbert pasará a la historia de la ciencia), así como aclarando problemas del movimiento combinado (que retomará después Galileo).

Los cometas dejan de ser fenómenos del mundo sublunar, adelan­tándose a las mediciones de Tycho Brahe (por las cuales también éste pasará a la historia de la ciencia). Desarrolla asimismo una serie de tesis en torno a las apariencias debidas a la luminosidad de los astros y a las distancias relativas entre ellos, permitiendo con eso aclarar muchos problemas y abriendo nuevas perspectivas a la observación astronómica. Muchas de las observaciones y experimentos que desa­rrollará posteriormente Galileo están preparadas por las tesis brunianas; por ejemplo, las observaciones de la Luna y el descubrimien­to de las lunas de Marte, están anticipadas en La cena de las cenizas y Del infinito, universo y mundos.

Por supuesto que, como destacan los críticos de Bruno; existen muchas fantasías especulativas en medio de sus concepciones; pero hasta éstas están siendo revaloradas, como es el caso de los mencio­nados movimientos polar y zodiacal de la Tierra, la posibilidad de vida en otros mundos, la teleología de las funciones vitales de los movimientos terrestres, etcétera.

Sin embargo, es evidente —y esto ha constituido uno de los pun­tos más débiles para la revaloración científica de las concepciones brunianas— el hecho de que éstas carecen de dos bases fundamenta­les de la ciencia moderna: la exposición matemática y la experimentación sistemática; pues aunque no las rechazó del todo y las llegó a utilizar ocasionalmente, sí destacó las insuficiencias teóricas de ambas” y las subordinó a la argumentación.

Baste lo anterior para indicar lo importante que es la cosmología bruniana y así resaltar su trascendencia en la historia de la ciencia, en el entendido de que sólo hemos mencionado someramente y en general algunos de los aspectos más relevantes de su filosofía de la naturaleza.

Pero quizá tan importante, o aun más que estas tesis, sea la con­cepción ontológica que les sirve de base. En efecto, sus tesis ontoló­gicas resultan fundamentales en el trasfondo de la ciencia, la filoso­fía y, en general, la concepción del mundo modernas. De particular trascendencia es su concepción de la materia, que sostiene la idea de que, como principio básico, es homogénea en todo el universo; que contiene en sí misma tanto las formas y determinaciones que ob­servamos en la naturaleza, así como el principio de su manifestación y desarrollo; concibe la idea de que la materia está jerarquizada según los grados de la complicatio explicatio.

También sostiene que, en su sentido fundamental, la materia se identifica con el universo, con lo uno y, por consiguiente, con Dios. A partir de estas tesis desarrolla su panteísmo o teopantismo (Dios está en todas las cosas, o es el principio nuclear de éstas), el cual implica, primero, una revaloración de la materia como causa y princi­pio de lo existente; segundo, la concepción de un principio intrínse­co del movimiento y el cambio, que se vincula a una idea compleja y relativamente novedosa del alma; tercero, la asunción de la idea cusaniana de perfección del universo, y en particular de la Tierra, frente a la concepción aristotélica de la perfección descendente en el universo, en la cual el mundo celeste está constituido de éter, sus­tancia de la perfección, y el sublunar de los cuatro elementos, cuya mezcla da lugar a la generación y la corrupción y, por consiguiente, a la imperfección.

Las tesis ontológicas de Bruno se tornan difíciles aun para los es­pecialistas debido a que la materia tiene múltiples manifestaciones, de acuerdo a sus grados de complicación o explicación, según se tra­te de una naturaleza naturalizante o naturaleza naturalizada. La problemática de los vínculos materia-forma-alma, de la función como causa o principio, de la jerarquización de sustancia-elemen­tos-compuestos-entes-mónadas-átomos, de la relación materia-uno­Dios-universo, de la correspondencia entre lo uno y lo múltiple, de la complementariedad entre lo máximo y lo mínimo, etcétera, cons­tituyen el trasfondo metafísico básico de las nuevas concepciones de la ciencia y la filosofía. Y cuya riqueza teórica es tal, que de ellas surgirán posiciones disímbolas.

 

¿Por qué La expulsión de la bestia triunfante?

 

Las concepciones de Bruno sobre el hombre, la moral y la historia son, en cierto sentido, consecuencia de sus tesis ontológicas y cosmológicas. El Nolano concibe al hombre a la manera típica del Re­nacimiento, como microcosmos, pequeño universo o totalidad; no obstante, él le da un significado más profundo a esa idea, ya que considera que en el ser humano se da la unidad básica de materia-forma, cuerpo y alma, siendo ésta la forma intrínseca de aquél. Como modo de la explicatio de la materia-Dios, el hombre no es un ser caído ni imperfecto (siguiendo a Aristóteles, Bruno concibe lo perfecto en función de la especie); por el contrario, de alguna mane­ra expresa a la divinidad, contiene a Dios en el núcleo de su ser. Su materialidad ya no es pensada como causa de defecto, privación o limitante; sino, por el contrario, de potencia, realización y perfec­ción del individuo y la especie, sin contraponerse con el alma.

La mujer es revalorada al igual que la materia. Ni esta última es la casi nada, puesto que contiene en sí a las formas y el alma como principios intrínsecos, y es por ello la fuente generadora de todos los seres; de igual modo, la mujer no es vista como defectuosa frente al varón (Isabel de Inglaterra vendría a ser un buen ejemplo concreto de esta capacidad de perfección en la mujer).

Sin embargo, como se puede apreciar en la “Epístola explicativa” de La expulsión de la bestia triunfante, lo que él denomina filosofía moral, o sea, sus ideas acerca de la historia, la sociedad y la ética, no están aún maduras, sino en gestación, en bosquejo. Y la fundamentación materialista, objetiva, de su filosofía, se estrella frente a la amarga realidad de injusticias, falta de reconocimiento, abusos, necedad, pedantería, farsa social (en particular en el mundo acadé­mico), enajenación y cobardía intelectual.

Bruno tiene clara la idea de que el fundamento del ser humano es su trabajo, su práctica, y que ésta deriva de las necesidades; y en for­ma desarticulada entiende que la realidad humana no es estática y plantea una idea del progreso, de desarrollo histórico ascendente. Pero al mismo tiempo observa los males de su tiempo (guerras, ham­brunas, represiones, abuso de la religión y del poder, injusticias, far­sas, corrupción) y otras imperfecciones del ser humano, en especial las vividas en carne propia, y entonces desespera en su línea teórica y salta hacia el mundo de la subjetividad, del voluntarismo e, inclu­sive, del esoterismo y la irracionalidad.

Surgen así en el Nolano una serie de contradicciones internas que lo hacen debatirse —en el campo antropológico— entre la objetivi­dad de su materialismo panteísta y la subjetividad de sus resenti­mientos y aspiraciones, dando lugar a posiciones muy diferentes: de una parte, un cierto determinismo, en el que la providencia alcanza a los mínimos, a los detalles;  de otra, un voluntarismo individua­lista. Por supuesto, Bruno trata de resolver estas dificultades, pero nunca lo logra por completo. Se asemeja en esto a Platón, quien se sumerge con frecuencia en estas alternativas sin solución satisfac­toria, buscando constantemente nuevas posibilidades.

En estas contradicciones la moral y la religión terminan escindi­das, para lograr por esta vía quizá algo de congruencia: por un lado, éstas con un carácter coactivo, determinadas por principios extrínsecos a los sujetos, con argumentos que se acercan al maquia­velismo o a la realpolitik, apropiadas para las masas; por otro, mo­dalidades de aquéllas apropiadas al sabio (podríamos decir a Bru­no), en las que el conocimiento y la razón le proporcionan al sujeto normas y principios intrínsecos (muy cercanos al imperativo categó­rico kantiano), con autodeterminación de la conducta moral, liber­tad plena de conciencia y aproximación a Dios por el camino del conocimiento de la realidad.

No obstante sus apreciaciones objetivas, o quizá por ellas, el No­lano observa una serie de limitaciones y defectos en el ser humano, tanto individual como colectivamente, que cree es tiempo de corre­gir; tal es el caso de los males antes señalados y otros más que aborda en sus diálogos morales, y en particular en el que estamos presen­tando.

Bruno emprenderá una reforma especulativa de la realidad, una auténtica utopía, que es el objetivo fundamental de La expulsión de la bestia triunfante. Pero, al desesperar ante la realidad, se va hacia el refugio personalizado, el de los furores heroicos, entrando en ac­ción la contradicción entre sus pretensiones sociales (reflejadas en la idea de Consejo de los Dioses, que representa a los consejos rea­les, el modelo parlamentario de la época) y su actitud individual, eli­tista, intelectualista.

Esto y más representa La expulsión de la bestia triunfante. En ella se expresan los problemas más íntimos de Bruno, una lucha inte­rior que sólo concluirá con su muerte y que expresa la vida misma del Renacimiento. Las obras cosmológicas y ontológicas del Nolano poseen mayor valor teórico, contienen las aportaciones más puntua­les al desarrollo intelectual, son más coherentes, establecen tesis más redondeadas; pero también son más pobres en lo tocante a la vida de su autor, no muestran de igual forma la actividad creadora y re­flexiva, no expresan de la misma forma las luchas y contradicciones del hombre del Renacimiento.

No pretendemos darle mayor valor a ésta que a las otras obras de Bruno. Por el contrario, en la “Bibliografía” indicamos traduccio­nes de sus libros al español con objeto de acercar al lector a ellas. Pero cuando iniciamos la traducción de La expulsión de la bestia triunfante no había ediciones de ella en nuestro idioma, y sí en cam­bio existían de los diálogos italianos cosmológicos y ontológicos, por lo que nos pareció más apropiado publicar éste, presentando al público una obra rica en referencias al autor y a su realidad his­tórica.

Por lo demás, esta obra manifiesta las dotes literarias del Nolano, entendiéndose así por qué se le incluye como una de las figuras más destacadas de la historia de la literatura italiana.

Para nuestro gusto no es una obra muy equilibrada desde el punto de vista literario, pero en cambio es muy rica en manifestaciones de todo tipo.  Tiene mucho de comedia, por lo que está emparentada con Il candelaio; es una crítica social de primer orden, por lo que es una fuente histórica preciosa para el estudio del Renacimiento; asimismo es autobiográfica en diversos aspectos, lo que permite profundizar en la personalidad del Nolano; en momentos es lo que se propone Bruno en la “Epístola explicativa”: un bosquejo de su filosofía moral, lo que nos acerca a un punto medular de su sistema filosófico; a ratos es una manifestación erudita, sobre todo en lo re­lativo a la mitología grecorromana, lo que permite una revisión del humanismo renacentista; con frecuencia linda en los núcleos esotéri­cos, aunque sea en forma irónica, lo que nos da otra perspectiva fundamental de la época; además, está llena de apuntes varios sobre asuntos teóricos (v. gr. de las artes plásticas), costumbres, juegos, etcétera, satisfaciendo así otros campos de nuestra curiosidad.

También tiene zonas oscuras que para algunos serán desagra­dables, como las críticas a religiones positivas y a determinados núcleos humanos, pese a que Bruno sustenta la tolerancia religiosa. Sin embargo, es preciso comprender que el fanatismo, el dogmatis­mo, los prejuicios, las guerras de religión, la Inquisición y el afán de suprimir a las demás creencias, son fenómenos reales que Bruno quería combatir y que le habían afectado personal y socialmente. Tampoco debemos olvidar que esta obra servirá a la Inquisición como prueba en la condena de Bruno, ni que será por ello objeto de curiosidad morbosa desde el siglo XVII.

Pasando a la estructura de la obra, podemos decir con Guzzo que la selección de la forma dialogada no es, de ninguna manera, gratui­ta. El diálogo se presta a las formas teóricas en emergencia, en construcción, puesto que permite buscar temas, oponer tesis, reafir­mar argumentos y pulir ideas, en un manejo más libre que en otras modalidades. Como dice Ciliberto: “En efecto, fundar el carácter del diálogo bruniano —distinguiéndolo de otras formas de la litera­tura renacentista— es precisamente la visión de una vida que penetra toda cosa, homogéneamente, fuera de cualquier distinción de valor y dignidad prestablecidas”.

El diálogo bruniano permite una mezcla de lo literario con lo teó­rico, lo destructivo de la crítica con lo constructivo de la concepción, lo serio con lo jocoso, la descripción junto a la explicación, la imagi­nación al lado de la abstracción, la metáfora y la idea, lo fácil y lo difícil, lo simple y lo complejo.

Estas características comunes a los diálogos brunianos se vuelven superlativas en La expulsión de la bestia triunfante. El contenido se presta a esta circunstancia, ya que aquí enfrenta problemas singular­mente delicados y peligrosos, de ahí también parte de las dificulta­des para la traducción y lectura de la obra.

En efecto, Bruno es consciente de que buena parte de lo que aquí expresa resultará molesto para muchos, cuando no abiertamente ofensivo: católicos, calvinistas, luteranos, anglicanos, judíos, son tocados en distintos grados y aspectos religiosos; los poderosos go­bernantes, en especial el papa y el rey de España, son blanco de otros ataques; miembros de la nobleza e intelectuales ingleses son directa o indirectamente aludidos por diferentes razones; los vanidosos, ne­cios, pedantes, corruptos, incontinentes y demás sustentantes de los vicios mencionados en la obra se sentirán retratados; y así por el esti­lo con las demás críticas y comentarios, que abundan en la obra, que darán por resultado enemigos seguros de ella.

Es cierto que Bruno busca atenuar estos efectos para algunos ca­sos (en otros se regodea con la referencia explícita y abierta), aunque creemos que no siempre lo logra. El disfraz de la mitología es uno de sus medios favoritos; otro es el lenguaje ocasional y pre­meditadamente confuso de algunos pasajes; uno más es el doble sentido; otro, el de las referencias esotéricas; y así, también, las me­táforas, los símbolos, las indicaciones coyunturales, algunos califi­cativos y cuantos recursos (que son muchos los que tiene) se le vie­nen en mientes y que presta la ocasión los utiliza. Pero muchos de estos vericuetos mentales y literarios pueden escapársele a los lectores, aun a los más avezados a ellos y conocedores del ambiente de la época, lo que constituye a la vez una dificultad y un reto. Hemos tratado de dar las pistas mediante la traducción o las notas, pero no siempre ha sido posible.

La obra encierra de principio algunos enigmas. Uno, relativamen­te dilucidable, es la extensión de la “Epístola explicativa”, com­prensible por la necesidad que tiene Bruno de aclarar a Sidney los problemas con Greville y prevenirlo contra los ataques que sabe generará este nuevo libro, máxime por sus contenidos político-ideológicos. No obstante, cabe destacar que este tipo de epístolas son parte clave de las obras de Bruno, y que contienen una riqueza nada despreciable, aunque por lo general son de corte serio y abstracto. Otro enigma es la división en tres diálogos, subdivididos a su vez en tres partes, lo que puede tener algún significado especial: ¿una especie de Eneadas, a la manera de Plotino?, ¿simbolismo nu­merológico o cabalístico? Resulta demasiado audaz afirmar alguna de estas u otras hipótesis. Algo significativo es la división infor­mal de la obra en los dos hemisferios, que corresponden a sus cons­telaciones y signos, que a su vez representan vicios y virtudes, lo que bien puede ser producto de la disposición existente o tener algún simbolismo adicional; En lo personal, nosotros no creemos que se deba dar una interpretación específicamente esotérica del libro, pues pensamos que es un recurso y no un fin el uso de textos, metá­foras, figuras y otros elementos, y que la estructura responde a un plano racional.

A estas características y dificultades habría que añadir las propias del estilo y lenguaje de Bruno. En efecto, su estilo es peculiar porque no es homogéneo ni rutinario, sino que varía de acuerdo a los conte­nidos, la importancia del asunto, las dificultades teóricas o ideológicas, la ductilidad literaria de algún tema o pasaje, la afectación sub­jetiva para el autor, el contexto, la tipología de sus personajes literarios, la ambientación que pretende en ocasiones, etcétera.

Así, a veces se presenta un diálogo ágil, entretenido, comprensi­ble; otras se topa uno con largos, confusos y difíciles monólogos; unas ocasiones es trivial y hasta frívolo, otras serio y riguroso. Pero creemos que siempre tiene una intencionalidad precisa y su forma un significado.

Por lo que toca al lenguaje, presenta serias dificultades, ya que tampoco aquí es homogéneo, porque puede presentar pasajes ente­ros con indiscutible rigor terminológico y sintáctico o, por el contra­rio, forzar con relativa facilidad la expresión hacia formas populares, arcaizantes, confusas, simplonas, equívocas, de doble sentido, etcétera. A esto debe agregarse que por su origen maneja términos y expresiones napolitanas y españolas, por su formación eclesiástica utiliza muchos latinismos y algunas palabras de origen griego y he­breo, por sus viajes y observaciones también emplea buena cantidad de extranjerismos y barbarismos, por su cultura usa arcaísmos y pa­labras y giros poco usuales.

De manera que resulta indispensable al traductor estar atento a todas estas circunstancias para lograr un máximo de fidelidad (hasta donde es factible) de tal riqueza y complejidad de expresión, así como de ideas y concepciones en la versión a otra lengua. Por semejantes razones es que preferimos mantener la estructura del texto, la sin­taxis y la terminología lo más fiel posible a la obra original, evitando al máximo la tentación de recreaciones deformantes, aclaraciones grotescas, simplificaciones mutilantes o traducciones traidoras.

Pese a todo lo señalado es preciso decir que el texto de la obra es tal que resulta altamente sugestivo, conserva vigencia en sus conte­nidos básicos, entretiene, hace reír, provoca enojos, emociona, per­turba, explica, añade conocimientos y, sobre todo, mueve a la re­flexión.

Para el establecimiento del texto hemos utilizado la edición crítica (ya clásica) de Giovanni Gentile, actualizada por Giovanni Aquilec­chia, si bien para algunos pasajes también empleamos la antigua de Paolo de Lagarde. Respecto a las notas, como ocurre en casi todas las ediciones recientes de la obra italiana de Bruno, usamos como base el aparato crítico elaborado por Gentile, si bien da muchas co­sas por supuestas y la mayoría de sus anotaciones se refieren el esta­blecimiento del texto en italiano, por lo que resultaba inútil reco­gerlas. Tampoco quisimos reproducir la gran cantidad de notas extraídas de un apostillador napolitano anónimo, porque en muchos de los casos se trata de simples comentarios interesados y, en otros, de interpretaciones dudosas. Utilizamos algunas de las notas de Augusto Guzzo, aunque desafortunadamente su edición es in­completa por ser antológica. En cambio, decidimos ampliar de ma­nera considerable las notas relativas a pasajes mitológicos, astronó­micos, históricos y geográficos, pues la comprensión de distintos pasajes depende de las referencias de este tipo. Los corchetes son añadidos nuestros a las notas de Gentile y Guzzo. Aquellas que no llevan referencia expresa han sido preparadas por nosotros.

Finalmente queremos agradecer la valiosa colaboración de la doc­tora Alma Vallejos Dellaluna por la revisión de la traducción de los textos latinos, de la señorita Martha González y de la señora Euge­nia Bribiesca en la mecanografía de este material.

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February 14, 2016 epriani@gmail.com Sin categoría, Uncategorized

José Manuel Revuelta. Prólogo a El ensayador

Título: El ensayador.

Autor: Galileo Galilei.

Autor de la introducción: José Manuel Revuelta.

Edición: Primera

Publicación: Buenos Aires

Editorial: Aguilar.

Año: 1981

Páginas: 343

 

Prólogo.

La obra escrita de Galileo tiene una doble vertien­te: la científico-filosófica y la literaria. Si damos un breve repaso a la crítica, concluiremos por no saber a qué atenernos, pues mientras unos desta­can su aspecto literario, despreciando por comple­to su valor científico y no digamos el filosófico, otros ensalzan sobre manera su importante papel en la historia de la filosofía, y su no menor impor­tancia en el campo de la ciencia. Sea como fuere, y yo no voy a pretender en esta breve introduc­ción, sumergirme en la polémica para dilucidar cuál de estos dos aspectos es más significativo, si bien creo que el uno y el otro son inseparables, sí extraeré como consecuencia que, tanto el per­sonaje Galileo, como su obra, bien sea por su carácter polémico, o bien por haberse visto envueltos en un proceso a todas luces absurdo, co­bran una significación que no debe ser pasada por alto al hablar del Renacimiento y del naci­miento de la ciencia moderna.

En lo que sí existe unanimidad de criterio, por cuanto a la crítica se refiere, es en señalar den­tro de la abundante producción galileana, a dos obras como las más significativas: el Diálogo so­bre los dos Sistemas Máximos, ya publicada en esta colección, y esta que ahora presentarnos, por primera vez en lengua castellana.

La obra fue escrita en 1623, mejor dicho, se pu­blicó en ese año, pues Galileo inició la redacción del escrito en 1619, aunque debido a una serie de circunstancias sumamente polémicas, no vio la luz hasta ese mencionado año. No hay que ol­vidar que en 1616 había recibido la amonesta­ción verbal del Santo Oficio, por la que se le conminaba a no defender, ni de palabra ni por es­crito, la tesis copernicana, so pena de ser conde­nado cómo hereje. La elección del Cardenal Maffeo Barberini como Papa Urbano VIII, hom­bre culto y abierto a las nuevas tendencias cien­tíficas, y persona además que demostró abierta simpatía hacia Galileo, hizo a éste mostrarse más osado de lo que de por sí ya era, y se deci­dió, primero, a la publicación de El ensayador con la redacción que ahora conocernos, y más adelante a la del Diálogo Los resultados de todo ello los conocernos de sobra: la condena en 1633 de la persona y de la obra de Galileo.

En 1623, Galileo se encuentra ya en Florencia al servicio del Gran-Duque, como Matemático y Filósofo primario, y sin la obligación de aten­der la docencia. Tiene, pues, todo su tiempo a disposición para dedicarse a llevar a cabo cuan­tos proyectos en .los años anteriores había ido forjando. Galileo es ya un hombre maduro, ha­bía nacido en 1564, y deja atrás sus años de Pisa, como escolar y como docente, y también esos dieciocho años de Padua, “los mejores de mi vida”, como docente en el Estudio. Ha sopesado lo que significa el dejar la liberal y tolerante República de Venecia, a sus alumnos y amigos, y se ha decidido por una mayor seguridad eco­nómica, problema, éste, que tanto le ha agobiado durante sus años jóvenes, y por una total independencia para poder dedicarse a la publicación de sus obras.

Parece ser que, ya desde sus años pisanos Gali­leo era un convencido copernicano, pero fue sobre todo tras el descubrimiento del telescopio, cuando se va a dedicar con gran fogosidad a ganar adeptos para su causa. Se ha convencido plenamente de dos cosas: que el sistema de Ptolomeo es incapaz de explicar los numerosos problemas que la nueva dinámica está planteando, y que el sistema de Copérnico, no sólo es capaz de expli­carlos todos a la perfección, sino que abre ade­más la posibilidad de que la ciencia funcione por separado, sin las ataduras y compromisos de la Metafísica y, lo que es más importante aún, de la Teología.

El interés de Galileo en defender el sistema co­pernicano, como a su vez el de la Iglesia, en tanto que clase en el Poder, en suprimirlo, no se limita simplemente a defender una concepción astronó­mica del Universo frente a otra. Tanto un sistema como otro, en tanto que concepciones abstrac­tas sin contacto con la realidad, podían dejar perfectamente indiferentes, tanto a defensores como a detractores, si no tuviera realmente otras conexiones con problemas más concretos y, en definitiva, con asuntos que hacían referencia a la vida cotidiana. No deja de ser significativo que el copernicanismo defendido por Copérnico, en tanto que fue solamente eso, una concepción abs­tracta sobre el Universo, pasó en su tiempo libre de ataques y condenas. No hay que olvidar que el De revolutionibus orbium coelestium fue condenado en vida de Galileo, casi un siglo después de su publicación (1543). El sistema de Ptolomeo defendido por el estamento en el Poder, no era sólo una explicación del Universo, sino que estaba reforzado y, digamos, complementado, con la concepción filosófica aristotélico-escolástica, que a su vez entendía la, ciencia como una sierva de la Teología; y así, dejaba de ser una concep­ción abstracta, para pasar a ser una explicación de todos los problemas existentes, y aun de la vida misma.

Las causas aparentes por las que entra en crisis esta concepción podríamos buscarlas en razones puramente astronómicas, las cuales son ciertas, pero no las únicas, como así lo comprendió Ga­lileo, y de ahí su condena. Las razones astronó­micas fueron consecuencia del descubrimiento del, telescopio. Con él se pudieron observar las fases de Venus y de Mercurio, con él se descu­brieron los planetas mediceos, es decir, los cua­tro satélites de Júpiter. Estas eran de por sí cau­sas suficientes para demostrar que el sistema de Ptolomeo de los orbes sólidos, de las ocho esfe­ras y el primer móvil, del mundo sublunar, im­perfecto y corruptible, y el supralunar, perfec­to e inmutable, era falso. Pero las verdaderas razones, diríamos las que hacen andar a la His­toria, fueron razones referidas al mundo de la ciencia y a la vida cotidiana. Con el sistema de Ptolomeo es imposible dar razón de los nuevos problemas planteados por la dinámica, cuales son, entre otros, la caída de los graves, todos los problemas referidos al movimiento, la termo­dinámica, la acústica, la óptica, etc. Lo cual, traducido a problemas de vida cotidiana, hace referencia a problemas de navegación, de arte militar y balística, de mecánica general, etc. Y es que el sistema de Ptolomeo, sujeto a esa rí­gida concepción metafísica que lo atenaza, no puede prever estas nuevas situaciones que, si­guiendo su natural y libre curso, sin atender a razones metafísicas o teológicas, se han ido pre­sentando. Las razones, digamos, sociológicas, por las que el Poder se esforzaba en condenar el copernicanismo, son las mismas que se ven a través de toda la Historia. Un estamento en el Poder a lo que aspira es a mantenerse en él. La Iglesia, en este caso, es plenamente consciente de que el dejar a la ciencia en libertad, sin ver­se sometida a los dictados de la Teología, que es utilizada por el Poder para mantenerse, es lo mismo que firmar de inmediato su propia des­trucción. También así lo había visto Galileo, pero sin la malicia ni el interés de quien tiene algo que defender como el Poder. Por ello Gali­leo se lanzó, digamos que con enorme inocencia, a la tarea de convencer a Este de que su sistema estaba superado. Digo inocencia, porque ésa es la palabra que merece quien cree que los resortes del Poder se mueven por “razonamientos”. El arma del Poder es la fuerza, y contra Galileo fue descargada con suficiente e injusta violencia.

Ya en 1611, Galileo, con gran ardor juvenil, mar­chó a Roma, con libros, apuntes y su telescopio, a intentar a convencer con argumentos y expe­riencias (bastaba simplemente mirar a través del telescopio) a los jesuitas, de que el sistema coper­nicano era científicamente válido. Ahí empeza­ron sus males. La acogida que le dispensaron estos maestros de la falsa dialéctica fue espléndida. Era tan cierto cuanto decía como cuanto veían. Pe­ro… contra estas evidencias, quedaban las pala­bras de la Biblia. Josué en un determinado mo­mento mandó al Sol detenerse en su carrera; prue­ba evidente de que el Sol se mueve. Decir lo contrario supone atentar contra la Sagrada Escri­tura y, en consecuencia, la herejía. Pero Galileo, en su candidez, vuelve de Roma satisfecho cre­yendo que la batalla había sido ganada. Han es­tado tan amables con él que parecen haber quedado totalmente convencidos. Sin embargo, la condena llega en 1616. ¿Cómo es posible? Sus “amigos” jesuitas piden excusas achacando las culpas a algún que otro elemento retrógrado y poco amante de la cultura. Por lo demás, la con­dena es sólo verbal: una simple advertencia que pronto será olvidada; pronto vendrán tiempos mejores en que otras voces más cultas darán la razón al nuevo sistema.

Con esta débil esperanza, Galileo espera tiempos mejores, y así los cree llegados cuando, en 1622, el Cardenal Barberini es elegido Papa. Galileo re­cuerda que en 1611 había sido una de las per­sonas que más entusiasmadas se mostró con sus explicaciones, por lo que no cabía dudar que la vieja advertencia iba a dejar de tener efecto.

La nueva ocasión se presenta en noviembre de 1618, con la aparición en el cielo de tres cometas. Ptolomeo no había hablado sobre estos fenóme­nos, pero la concepción aristotélico-escolástica lo tenía todo previsto. Si el cometa es un cuerpo que se mueve libremente por el espacio, y que al cabo de unos días desaparece, es porque se trata, sin lugar a dudas, de un cuerpo que tiene que ser corruptible e imperfecto, y por tanto tiene que encontrarse en el mundo sublunar. Copérnico tampoco había hablado sobre estos fenómenos, pero lo cierto es que estos cuerpos, observados al telescopio y medidas sus distancias con el parala­je, demuestran comportarse como un planeta cualquiera y hallarse situados en un lugar superior al de la Luna. La contradicción es manifiesta.

Los jesuitas también tienen telescopios y saben utilizar el paralaje para medir la distancia de un cuerpo a la Tierra. No pueden, pues, defender a Aristóteles. ¿Qué hacer? Adoptar una solución de compromiso e intermedia. Existe un astróno­mo llamado Tycho Brahe que defiende una solu­ción intermedia: la Tierra seguiría siendo inmóvil, girando a su alrededor el Sol y la Luna; el resto de los planetas y las estrellas, tanto las fijas cómo las errantes, girarían alrededor del Sol; En cuanto a los cometas, se trataría de cuerpos celestes que giran alrededor del Sol y que se hallan por encima de la Luna, como así lo prueba el paralaje. La ca­bellera del cometa sería un caso de refracción de los rayos solares.

La solución es más correcta que la que va a pre­sentar Galileo, pero lo que, en su ánimo polé­mico más le molesta, es adoptar estas posiciones de compromiso que ni niegan ni aceptan el copernicanismo. Bien es cierto que el sistema de Brahe ofrece tal cantidad de incoherencias, que Galileo no puede aceptarlo. Esa composi­ción de la Tierra en el centro, inmóvil, con el Sol girando a su alrededor y los planetas giran­do a su vez alrededor del Sol, haría que las ór­bitas de esos planetas atravesaran algunas veces la Tierra, otras les harían chocar entre sí, pro­vocando un auténtico caos. Brahe y su solución intermedia no deben ser aceptados. En cuanto a los cometas, Galileo tiene una idea fundamen­tal: negar las razones de Brahe y de los jesuitas; propone para ello una hipótesis que, según al­gunos comentaristas, ni él mismo la creyó como posible, pero se trataba de ofrecer algo en con­tra; y, así, afirma que los cometas bien podrían ser un fenómeno óptico como el arco iris o la aurora boreal, y en consecuencia, al no tratarse de cuerpos reales, ni el telescopio ni el paralaje podían dar explicaciones sobre ellos. La polémi­ca está, pues, desencadenada; veamos brevemen­te cómo se produjeron los hechos.

En 1619, el jesuita Horatio Grassi Savonensis, profesor de Matemáticas del Colegio Romano,publica la Disputatio astronomica de tribus cometis. En realidad no aporta nada nuevo a la opinión conocida de Brahe, la cual rubrica por entero. Posiblemente no se escribió sino con la intención de provocar una respuesta de Galileo, ya que ante estos fenómenos, que por primera vez habían podido ser observados con el teles­copio, tal vez cabía una nueva confirmación del copernicanismo. Es evidente que no se podrá saber si la provocación tenía un mero interés científico, en el sentido de saber qué opinaba un hombre de ciencia, y copernicano por más da­tos, sobre el nuevo fenómeno, o bien si se trataba de tirarle de la lengua, en el sentido de hacerle confesar una vez más su fe copernicana. Ya se conocía en estos momentos la opinión de Ke­pler, publicada en 1618 en el De cometis, que por lo demás no se diferenciaba de la expuesta por Tycho Brahe, sino en el sentido de que                                                                     Kepler era copernicano. Pero Kepler era un hereje, un apartado de la Iglesia, y en ese sentido care­cía de importancia lo que pudiera decir. Galileo podía haber suscrito por entero la teoría de Ke­pler, pero eso suponía ponerse demasiado en evi­dencia, y por otra parte era dar una gran parte de razón a Brahe y a los jesuitas.

Quiere, pues, mantener una discreta prudencia, pero no sin echar a su vez su cuarto a espadas. Aquejado como había estado por un ataque de artrosis, y para no verse tan directamente envuelto en la polémica, hace que un amigo suyo, llamado Mario Guiducci, publique un Discorso delle comete en el que se expone la hipótesis ga­lileana y en la que no faltan ataques virulentos contra los defensores de ese sistema lleno de ab­surdos de Tycho Brahe.

La respuesta de los jesuitas no se hace esperar y es el mismo P. Grassi, bajo el pseudónimo y ana­grama de “Lottario Sarsi Sigensano” quien publi­ca, en el mismo año 1619, los Libra astrono­mica ac Philosophica. Se trata desde un punto de vista científico de una obra muy mediocre, pues, como ya hemos dicho, la teoría sobre el Universo de Brahe es muy incoherente y no pue­de ser enmendada a base de silogismos más o me­nos bien construidos. Desde el punto de vista de la polémica, carece del vigor, de la ironía, de la fuerza y buen estilo de Galileo. Una obra que, como se diría, es pan comido para Galileo; a quien, sin embargo le están llegando voces ami­gas conminándole a la prudencia, pues se sabe que entre los jesuitas del Colegio corre una voz con respecto a Galileo: aniquilarle.

Galileo pretende, en principio, responderle con una simple carta, no muy mordaz y muy breve. Tal vez es aconsejable la prudencia ante unos ene­migos poderosos y temibles. Pero la circunstancia antes reseñada, de la elección del nuevo Pontífi­ce, le hace aumentar la osadía, y si bien mantiene la forma de carta, la redacta con un estilo suma­mente agresivo, sarcástico y ridiculizador sobre­manera. Aumenta considerablemente su extensión y va respondiendo punto por punto a todos los argumentos y pruebas de Sarsi. Como ya hemos dicho, se publicó en 1623.

Previamente Mario Guiducci había respondido al P. Grassi con una breve carta, dentro de un es tilo mesurado y respetuoso, en la que afirma que sólo ha pretendido presentar una nueva hipótesis que podría tal vez ser tomada en consideración, y que en ningún momento ha sido su intención la de molestar u ofender a los jesuitas.

Como colofón a esta polémica queda una nueva obra, respuesta de Sarsi a El ensayador, publica­da en 1626, y titulada Ratio ponderum librae et simbellae. Se trata ya de un epígono que no me­rece respuesta por parte de Galileo, pobre en con­tenido y donde sólo el veneno contenido y ver­tido sería digno de destacar.

Esta es a breves rasgos la historia de la polémica y de la obra El ensayador. Pero, ¿qué es y qué dice realmente El ensayador? Es, en primer lugar, una puntual respuesta a la obra de Sarsi. Carece, pues, en principio, de una unidad argumental temática, pero no por ello puede decirse que sea un libro sin cohesión alguna; y esto por dos razones: la fuerte personalidad de Galileo y su vigoroso es­tilo imprimen a la obra un carácter indudablemen­te unitario; por otro lado, Galileo tiene una con­ciencia metódica del nuevo saber, que es lo que en definitiva hace del libro una obra sobre la ciencia nueva en general.

La obra de Sarsi, a la que Galileo va respondien­do punto por punto, intentaba fundamentalmen­te demostrar que la opinión de Tycho Brahe sobre los cometas, a la cual se habían adherido por ente­ro los jesuitas, no es tan absurda como Galileo, a través del escrito de Mario Guiducci, había pre­tendido demostrar. Sarsi se justifica en cierta ma­nera, diciendo que su intención no había sido la de polemizar contra Galileo, sino contra los aristotélicos. Por ello, aun no estando plenamente convencidos de que su teoría fuese buena —me refiero a la de Brahe—, sin embargo era suficien­te para desmoronar los argumentos de los aristoté­licos, que es lo que en fondo se trataba. La obra de Sarsi está escrita en latín. Ya hemos dicho an­tes que es una obra débil en sus argumentos y muy poco comprometida. Galileo arremete con­tra ella con excesiva dureza y acritud. Ya hemos dicho también que, en realidad, había una enor­me diferencia entre los rivales: demasiado poca cosa para Galileo, por cuanto a la ciencia se re­fiere. Más, pues, que a la ciencia de los jesuitas, Galileo quiere atacar a los jesuitas mismos, tal vez pretendiendo que, de una vez por todas, de­jaran sus posiciones de comodidad y de compro­miso y se pasaran a ser defensores de la nueva ciencia y del copernicanismo. Galileo sabía que, de haber contado con los jesuitas como aliados, su condena no hubiera llegado. Pero sabemos también que los resultados obtenidos fueron to­talmente contrarios a sus intenciones. No es éste el momento de analizarlo, pero sería digno de conocerse el papel que la Compañía desempeñó en el proceso y condena de Galileo. Me remito a dos obras que tocan el tema en profundidad: la obra de G. Santillana, The crime of Galileo, y por parte de los jesuitas, la obra del P. Filippo Soccorsi, II proceso de Galileo.

Así, pues, El ensayador es una obra abierta, en la que la más mínima oportunidad es aprove­chada para refutar un argumento y para expo­ner cien otros referentes a materias diversas, pero todos marcados por una característica común: la ciencia nueva. Se trata, en definitiva, de opo­ner frente al conocimiento de la naturaleza, sis­tematizado en un inmutable marco metafísico, la autonomía de la nueva ciencia; frente al uni­verso cerrado y acabado de Aristóteles, el univer­so infinito de Giordano Bruno; frente a una concepción metafísica, la racionalidad de la na­turaleza, es decir, entender la naturaleza como un libro abierto que hay que ir descubriendo; este libro está escrito con caracteres matemáticos y geométricos; sería la misma concepción defendida por Campanella y Bacon. En resumen, exponer una ciencia moderna que posee dos elementos fundamentales: la ciencia y la técni­ca, la teoría y la tecnología. Todo ello enmarca­do en la teoría copernicana que presenta un cuadro cosmológico a cuya luz es posible la reela­boración de todos estos problemas.

Había pensado, al llegar a este punto, ofrecer al lector un índice de las materias tratadas por Galileo en esta obra, pero veo que para ello me sería necesario transcribir prácticamente el tra­tado entero, en vista de lo cual nada más reco­mendable que remitirle a la lectura del libro. La obra consta de 53 parágrafos. En todos ellos empieza Galileo transcribiendo el texto latino íntegro del correspondiente parágrafo de Sarsi, para que el lector pueda conocer con exactitud el argumento que se trata de rebatir. A conti­nuación, Galileo hace su comentario, no limitán­dose, como ya he dicho, a una simple réplica, ya que ésta es ampliada con argumentos que guar­dan alguna relación con el tema que se trata, y con otros que no guardan ninguna relación, pero que en ese determinado momento le ha parecido interesante reseñar. No quiero, sin embargo, de­jar de hacer un breve resumen de los principales temas tratados en esta obra.

Consta de una amplia introducción en la que intenta justificar su amplio y prolongado silencio y las razones que le han movido a escribir es­te tratado. Aprovecha la ocasión para quejarse de unos usurpadores de sus teorías y descubri­mientos, demostrando muy hábilmente que la paternidad de todos ellos le corresponde a él, y no a los usurpadores. Justifica, asimismo, en esta introducción, el porqué del título Saggia­tore. Sarsi ha titulado el suyo Libra, jugando con un doble sentido: el primero el de “libros” y el segundo el de “balanza” con la que sopesar las razones aducidas por Galileo-Guiducci en su Discorso. Galileo le responde con el título de Saggiatore, que sería el artífice que ensaya el oro para probar su pureza mediante balanzas muy delicadas y precisas. Frente a la tosquedad de una simple balanza, romana o báscula, que es capaz de medir pero con grandes márgenes de error, opone la precisión, la exactitud máxi­ma de esta otra balanza de orfebres. En castellano me ha parecido lo más conveniente y lo más acomodado a este Saggiatore, Ensayador, que responde a ese oficio y a esas precisiones de los orfebres,

La primera parte comprende los 18 primeros parágrafos. En ella Galileo sugiere su hipótesis de que el cometa pudiera ser un objeto aparen­te, al que se le deberían aplicar las mismas reglas, en cuanto a su comportamiento, que se aplican al arco iris, a la aurora boreal, a los halos, etc. Rebate al mismo tiempo la teoría de Brahe sobre el lugar exacto del cometa basada en el paralaje y en el hecho de que este cometa, visto al telesco­pio, se comportara al igual que las estrellas, es decir, que no experimentara un aumento sensible, por lo que deducía, en contra de Aristóteles, que su lugar estaba más arriba del cóncavo lunar. Aparte de esto, existen una serie de digresiones, cuales son, por ejemplo, la famosa exposición de su concepción filosófica de la naturaleza, en el parágrafo 6, una distinción entre lo real y lo aparente en el, 9, una descripción geométrica so­bre las líneas regulares e irregulares en el 11, la descripción del telescopio y la historia de su invención en el 12 y 13, una distinción y una teoría sobre el sonido en el 15.

En la segunda parte, que abarca desde el pará­grafo 19 hasta el 36, trata de demostrar que no existen pruebas suficientes que permitan una real distinción entre una materia densa y opaca para los cometas, como defiende Sarsi, y la ima­gen ilusoria que defiende Galileo. Tampoco exis­ten las pruebas suficientes que permitan saber si tuvo un movimiento recto y perpendicular a la Tierra, o más bien un movimiento por un círcu­lo máximo, como dice Brahe; por último trata de refutar la opinión, avalada en este caso por Kepler, de que la curvatura de la cabellera del cometa se debe a un fenómeno de refracción. In­teresantes son de destacar, en esta parte, los bue­nos argumentos de óptica del parágrafo 24, la exposición de una parte de la teoría copernica­na en el 31 y 32 y la réplica a Kepler del 35.

La última parte abarca desde el parágrafo 37 has­ta el 52. El 53 y último está dedicado a hacer una especie de inventario de las materias y argu­mentos tratados por ambas partes. En esta parte final trata de demostrar que el cometa no pudo producirse por una condensación de vapores, ya que éstos no podrían ser arrastrados por el mo­vimiento giratorio de los cielos. Presenta una gran cantidad de experimentos al respecto, y una es­pecie de formulación de la ley de la tensión su­perficial de los líquidos en los parágrafos 39 y 40. Trata asimismo de demostrar que el aire no puede consumirse ni inflamarse, por lo cual, esos vapores que genera el cometa en ningún momen­to pudieron ser inflamados por el rozamiento con el aire. Dignos de destacar son los parágrafos 41 y 42, donde se expone una teoría sobre el rozamiento de los cuerpos y en especial el 48 con una teoría sobre el calor, en la que formula la distinción entre cualidades primarias y secun­darias que más tarde será ampliada y perfeccio­nada por Locke. Concluye, finalmente, demos­trando que las llamas son opacas, por lo que si el cometa fue una condensación de vapores ardien­tes, en ningún momento hubiera permitido ver a través de su cabellera, las estrellas situadas de­trás de ella. Interesante la distinción entre obje­tos luminosos y transparentes del parágrafo 51, y curiosa la réplica a la predicción del tiempo, hecha por Aristóteles sobre la base de la apari­ción de los cometas, en el parágrafo 52.

Brevemente expuesto, éste sería el resumen de los principales temas tratados en esta obra, si bien no he pretendido que fuera exhaustivo, pues ello, como ya he dicho, equivaldría a una trans­cripción del tratado entero. El hecho de que yo haya resaltado aquí los pasajes referidos a la cien­cia, no excluye que desde otra vertiente pudieran resaltarse algunas brillantes páginas, desde un punto de vista literario, como por ejemplo el fa­moso cuento sobre el hombre que quiso saber los modos de producción de los sonidos, o argumen­tos brillantes desde el punto de vista del arte lógico, como sería el famoso referido a las flechas que se incendian en su recorrido, o el de los hue­vos que los babilonios cocían haciéndolos girar violentamente en sus hondas. Vuelvo a remitirme de nuevo a la lectura de la obra para sopesar con exactitud la valía de estas páginas.

Quisiera decir brevemente unas palabras sobre la traducción. Esta ha sido doble, ya que una bue­na parte ha sido hecha del latín y el resto del italiano. Es evidente que al tratarse de dos autores, que además escriben en dos lenguas diferen­tes, debiera quedar reflejado este hecho en una traducción en la que se distinguieran bastante aproximativamente estos dos estilos. El intento no sé si ha sido logrado con la perfección que uno hubiera deseado, sin embargo, quiero ofre­cer como disculpa, si cabe, dos razones que jus­tifican esta débil distinción entre los dos estilos: una es que el traductor es uno, y pese a que en­tiendo que la traducción no debe ser en ningún momento una interpretación, también entiendo que es muy difícil poderse librar de cierto tinte subjetivo. La traducción no puede ser tan pura como lo es la imagen reflejada en un espejo, pues aquí el espejo, es decir, el traductor, no es una materia amorfa e insensible, sino que interviene con su capacidad, con sus conocimientos, con su estilo, en dar cierta impronta personal a la versión, y a la imagen reflejada. La segunda es que, pese a estar escritas las dos partes en len­guas diferentes, como son el latín y el italiano, sin embargo opino que por tratarse de temas comunes, por tratar de problemas de ciencia para los que se ha tenido que .elaborar un léxico común, ya que el latín clásico no lo conocía, por tratarse, en fin, de un latín escolástico y no utilizado como lengua viva, opino, digo, que la diferencia entre las dos partes es menor que la que existiría, por ejemplo, entre el italiano de Galileo y el italiano de Verga o de Moravia, es decir, entre el italiano del siglo XVII y el de los siglos XIX o XX. Esta es tal vez una débil excu­sa que he querido creerme; en cualquier caso no tengo inconveniente alguno en reconocer que si la versión no ha resultado tan perfecta como yo mismo hubiera deseado, ha sido debi­do a incapacidad y falta de recursos del tra­ductor.

Y concluyo, pues, por donde empecé: la obra que ahora se presenta ¿es una obra de ciencia o simplemente una obra literaria? ¿Fue Galileo un filósofo de primera fila, un científico de pri­mer orden, un literato brillante, o simplemente un polemizador condenado injustamente? Para todas estas opiniones podríamos encontrar citas que las avalaran; me resisto, sin embargo a enu­merarlas, pues su exposición desbordaría con creces las limitaciones de este breve prólogo. Por lo demás, no sé hasta qué punto es interesante sumergirse en esta polémica, pues ¿por qué se ha de conceder importancia a que Galileo fuera más una cosa que la otra? ¿No será uno de los pecados de nuestra imperante cultura que tien­de a encasillar todas las cosas en unos comparti­mientos estancos, previamente definidos y demasiado rígidos? ¿O será tal vez que es más “cómo­do” saber, en cada caso, que nos encontramos con un problema perfectamente delimitado y enmar­cado? Sea como fuere, no sería más que un in­tento de empobrecer lo que de por sí es más rico, más fluido y menos cuadriculado; como la vida misma. Terminemos con Juan de Mairena: “La verdad es que el Caos no existe más que en nuestra cabeza, decía mi maestro. Allí lo hemos hecho nosotros, bien trabajosamente, por nuestro afán inmoderado, propio de viejos dómines, ¿qué otra cosa somos?, de ordenar antes de traducir”,

 

 

 

 

February 14, 2016 epriani@gmail.com Sin categoría, Uncategorized

Teófilo Isnardi prólogo a Diálogos acerca de dos nuevas ciencias

Título: Diálogos acerca de dos nuevas ciencias.

Autor: Galileo Galilei.

Autor de la introducción: Teófilo Isnardi.

Edición: Primera

Publicación: Buenos Aires

Editorial: Losada

Año: 2003

Páginas: 400

 

Prólogo del Dr. Teófilo Isnardi.

Galileo Galilei (Pisa, 1564; Arcetri, 1642) no fue solamente uno de los más grandes físicos de todas las épocas por sus descubrimientos  en esta ciencia, sino más bien el fundador de la física y el creador de su método.

Suele atribuirse, especialmente en Inglaterra, este último mérito a su contemporáneo Francis Bacon, barón de Verulam (1561-1626), quien en 1620 publicó su célebre libro Novum Organum, en que debate los principios de la filosofía aristotélica como fundamento de las investigaciones naturales. Pero el método propuesto por Bacon, que podría denominarse empirismo, difiere fundamentalmente del de Galileo, que es el método de la física. Basta para demostrarlo, el menosprecio de aquel por la matemática, a la que asignaba solo una importancia secundaria para el estudio de la naturaleza, frente al constante y eficaz empleo que de ellas hacia Galileo. Por otra parte “mejor que hablar sobre el método, hubiera sido operar con él, como Galileo lo hacía desde muchos años antes de la aparición del libro de Bacon.  Y ¿Cómo siguió el mismo Bacon sus propios consejos? Intentó investigar, por ejemplo, cuales cuerpos se mueven por la gravedad y cuales por la ligereza, y determinar los límites de ésta, y decidir si el aire es un cuerpo, pesado, o ligero. Disminuyó 19 distintas clases de movimientos, y entre ellas, el movimiento por horros al movimiento. ¡Y sin embargo, combatió contra las explicaciones mediante causas finales!” Finalmente, rechazó desdeñosamente el sistema de Copérnico, que con tanta eficacia ¡y tanto perjuicio, personal! defendió Galileo.

También el celebrado Discurso del método, de Descartes (1637), suele considerarse como el fundamento de la ciencia moderna. En otro lugar he comparado el método cartesiano con el de Galileo, y creo haber rebatido con éxito aquella opinión. Descartes intentó el último sistema racionalista y sintético para la investigación  de la naturaleza; Galileo fundó el método experimental. Sin contar con que a la publicación del Discurso la obra galileana, de muchos años, estaba ya terminada, aun cuando los Discorsi e dimostrazione matematiche intorno a due nouve scienze, terminados de redactar varios años antes y que fueron el último de sus libros que alcanzó a ver impreso el eminente italiano, aparecieron un año después (1638).

“En Galileo se aúnan Bacon y Descartes, superándose así la ‘ceguera’ del puro empirismo y los ‘extravíos’ del puro racionalismo”; lo cual solo es completamente verdad si se aclara que la obra científica del primero fue anterior a las publicaciones de los otros dos.

No tuvo, pues, Galileo precursores en cuanto al “método”; pero tampoco los tuvo en cuantos a sus descubrimientos sobre mecánica. Cuando él inicio el estudio del movimiento, toda la dinámica conocida y aceptada podía resumirse en algunas frases de la Física de Aristóteles: “Si la misma fuerza mueve al mismo cuerpo en tal tiempo, y según tal cantidad (espacio), en la mitad de tiempo lo moverá en la mitad de esa cantidad”; es decir: una fuerza constante actuando sobre un cuerpo le imprime un movimiento uniforme; afirmación errónea, como lo demostró Galileo. “Si una fuerza completa ha movido (a un cuerpo) cierta cantidad (espacio), la mitad de la fuerza no lo moverá tal cantidad (en ningún tiempo)”. Es decir: por debajo de un cierto mínimo, que depende del cuerpo, la fuerza no producirá ningún movimiento; concepto también erróneo; y así siguiendo.

Galileo debió liberarse de todas estas ideas erróneas y demostrar que lo eran, tarea difícil por cuanto ellas parecen fundarse en un gran número de experiencias, desde luego groseras, a saber: siempre que “resistencias pasivas” influyen sobre el movimiento. Por eso en sus escritos, tan frecuentemente, sostiene polémica contra Aristóteles.

Los Diálogos acerca de dos nuevas ciencias están escritos en forma de diálogo, y se los designa también así. Intervienen tres interlocutores: SALVATI, que representa a Galileo; SAGREDO, espíritu culto de la época; y SIMPLICIO, filósofo peripatético, que frecuentemente invoca las opiniones de Aristóteles. Se incluyen en ellos seis Jornadas; pero las dos últimas fueron agregadas después de la muerte de Galileo, de acuerdo con notas póstumas; quedaron posiblemente inconclusas y su ordenación es dudosa. No se incluyen en esta edición.

De las jornadas “primera” y “segunda”, aquella puede considerarse como una introducción, pues diversos asuntos que solo se mencionan en ella serán tratados extensamente en las dos últimas. La jornada segunda se refiere a la resistencia a la ruptura de los sólidos, especialmente cilíndricos. En ella, haciendo caso omiso –como lo dirá después—de “algún profesor de los más estimables que considera viles” sus resultados “por depender de fundamentos muy bajos y populares; como si la más admirable y estimada condición de las ciencias demostrativas no fuera salir de principios conocidísimos, entendidos y aceptados por todos”, utiliza observaciones sencillas y la ley de equilibrio de la palanca—de la que expone una demostración propia—para deducir interesantes proposiciones y resolver problemas ilustrativos sobre dicha resistencia.

Las jornadas “tercera” y “cuarta” tratan especialmente de la dinámica. De ellas dijo Lagrange: “Nunca podrán ser suficientemente admiradas; fue necesario un genio extraordinario para producirlas”.

Galileo es, además, considerado como el más grande escritor italiano de su siglo. En la presente traducción se ha procurado conservar, en lo posible, sus giros de lenguaje y su belleza de sabor arcaico.

Tuvo también perfecta conciencia de la importancia de su obra. Por eso le hace decir a uno de sus interlocutores al final de la tercera jornada: “Creo, verdaderamente, que así como las pocas propiedades (diré, por ejemplo) del círculo, demostradas en el tercero de los Elementos de Euclides, conducen a innumerables actos más recónditos, así también las producidas y demostradas en este breve tratado, cuando cayera en las manos de otros ingenios especulativos, serian el camino hacia otras, y otras más maravillosas; y es de creer que así sucedería, por la nobleza del asunto sobre todos los otros naturales” ¡Admirable profecía que la mecánica analítica ha realizado!

Galileo no emplea la notación algebraica, entonces desconocida en Europa; para facilitar su lectura la hemos agregado en las notas correspondientes. Además, solo utiliza proporciones entre magnitudes, y por eso introduce a menudo en sus raciocinios segmentos auxiliares. Aquella notación permite en tales casos abreviar las demostraciones; y así lo hemos hecho. Tal vez algunos lectores las prefieran en esta forma.

Creemos que la lectura de este libro será altamente instructiva, no solo para los estudiantes, sino también a los profesores de física. Encontrarán en él modelos de exposición sencilla, en lenguaje llano, de temas científicos, sugerencias y ejemplos didácticamente útiles; problemas y ejercicios adecuados para la enseñanza. Quienes no se dediquen a ésta ampliarán, sin duda,  su cultura con el estudio de un de los tratados clásicos de la ciencia, y de los pocos que pueden ser comprendidos no siendo especialista; aparte de que el conocimiento de las obras geniales y el placer de apreciarlas directamente es la suprema satisfacción del espíritu.

Teófilo Isnardi, Buenos Aires, diciembre de 1944.

Prólogo del traductor.

La obra.

La obra de Galileo Diálogos acerca de dos nuevas ciencias, aparece ahora por primera vez en su correspondiente versión castellana. Otros trabajos del mismo autor gozan tal vez de mayor popularidad, pero es éste el exponente más cabal de la labor científica, de Galileo; así lo reconoció él mismo expresamente en sus cartas, más para convencernos de ello bastaría con solo recordar el proceso de su formación dentro de la vida de su autor. Los fundamentos de esta obra deben buscarse en el magisterio de su autor en Padua, pero ella fue continuamente enriquecida a través de los largos años que Galileo dedicó a la ciencia matemática hasta el fin de su vida, pues fue la última en ser publicada durante los días de su autor. Además el ahínco con que Galileo procuró la publicación de sus Diálogos acerca de dos nuevas ciencias, nos hace ver perfectamente la importancia que él les atribuía. Su primera providencia para que sus escritos no se perdiesen (según afirma en la Dedicatoria) fue enviar ejemplares manuscritos a Alemania, a Flandes, a Inglaterra, a España y  también a algunas ciudades de Italia. Mas no por ello cejó Galileo en su empeño de buscar editores para su obra. Giovanni Pierni, entonces en Alemania al servicio del Emperador, le sugirió (4 de enero de 1635) que podría publicarla fácilmente en Alemania. Fra Filgenzio Micanzio puso todo su empeño en conseguir los permisos necesarios para su publicación en Venecia, pero obtuvo de Roma la respuesta de que había divieto generale de editis omnibus et edendis.  También intentó Galileo interesar en la publicación a Pierre Carcaville en Tolosa y a algunos otros amigos suyos en Lyon.  Las dificultades parecían insuperables, pero en mayo de 1636 pudo celebrar en Arcetri una entrevista con L. Elzevir, quien ya antes  había publicado algunos trabajos de Galileo, y se avino a publicarle también éste. En septiembre partía a Venecia llevando consigo un manuscrito de Las dos nuevas ciencias. En julio de 1638 estaba ya impresa; en abril de 1639 había ejemplares en Venecia, pero solo en diciembre del mismo año, llegaron algunos a manos de Galileo.

La traducción

Nuestra traducción de Las dos nuevas ciencias (la primera que aparece en castellano), fue hecha sobre la edición nacional italiana de 1898, dirigida por Antonio Favaro. Esta edición crítica reproduce fielmente la editio princeps de Leyden; además introduce a pie de página (indicando en cada caso su procedencia) las adiciones y aclaraciones que Galileo dejó escritas de su propia mano sobre algunos manuscritos o ejemplares de la misma obra. De modo que sin desvirtuar en nada la editio princeps, ofrece una edición corregida y aumentada por su mismo autor. Estas adiciones proceden de los códices siguientes:

1.- El que Antonio Favaro llama códice A; se refiere a un manuscrito del siglo XVII, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Florencia.

2.- El llamado códice G; es otro apógrafo también conservado en la Biblioteca Nacional de Florencia. Coincide con el apógrafo original de la edición de Leyden, pero en él introdujo el mismo Galileo muchas adiciones, no solo marginales e interlineales, sino también en interfolios.

3.- También se conservan algunas adiciones sobre un ejemplar de Leyden que Galileo regaló al P. Clamente Settimi o P. Clemente de las Escuelas Pías.

Para hacerse cargo de las muchas y serias dificultades que hemos tenido que vencer en la presente traducción es necesario tener en cuenta lo siguiente. La obra se compone de dos pastes, una no dialogada, escrita en latín, y otra dialogada escrita en italiano. Ahora bien, Galileo era un perfecto humanista al mismo tiempo que gran conocedor de todos los resortes del italiano de su tiempo, hasta tal punto que muchas de sus páginas pueden servir de modelo del italiano literario del siglo XVII. Además, escribe de ciencias físico-matemáticas, las que hasta él habían sido tratadas en términos escolásticos. En otras palabras, no existían en realidad las ciencias físico-matemáticas (de ahí el título de su obra Discursos y demostraciones acerca de dos nuevas ciencias), y por consiguiente no existía tampoco el lenguaje de fórmulas o el lenguaje matemático moderno (mucho menos todavía en la parte escrita en latín), por cuyo motivo usa de perífrasis, giros y razonamientos pintorescos, pero difíciles y engorrosos; usa un mismo vocablo empleado en sentido vulgar unas veces y otras en sentido matemático. Todavía más, es conocedor como pocos de la filosofía que predomina en su tiempo, y el latín; por ello, a veces los vocablos que emplea están tomados en sentido filosófico-escolástico, otras veces en sentido etimológico. Viene a agravar todas estas dificultades la tendencia a escribir en párrafos excesivamente extensos (hasta tres páginas en cuarto mayor sin un solo punto y aparte), y el estar la obra escrita en dialogo (tal como lo habían hecho Platón, Cicerón, Fray Luis de León, etcétera) donde cada uno de los interlocutores representa una tendencia que le es propia, ya filosófica, ya científica, ya vulgar, y habla en los términos propios de su tendencia.

Consideramos incumbencia de todo traductor dar la idea cabal y exacta del autor que traduce sin desvirtuarla con deficiencias ni añadiduras; pero al lado de este deber existe otro no menos importante (descuidado sin embargo con mucha frecuencia) que es el de dar el color local, el sabor de la época de la obra, respetando en todo lo posible el original. Hemos procurado conseguirlo, y por consiguiente desde estos dos puntos de vista debe juzgarse nuestra traducción. A esto precisamente se debe el que hayamos dejado intactas algunas frases hechas, tales como “ex aequali”, “ex aequali in proportione perturbata”, “convertendo”, “permutando”, “sesquiquarta”, “sesquialtera”, etc.; así como el que no hayamos usado nunca signos matemáticos, como el signo +, el x, etc. Siempre que en la traducción se halla la equivalencia de esas frases o la introducción de estos signos, se debe al Dr. Teófilo Isnardi, quien tradujo en fórmulas modernas (intercaladas entre [] en el texto) el lenguaje complicado de Galileo , y tuvo a su cargo la revisión de la parte físico-matemática de la traducción. A esta misma idea de ser fieles al autor aun en lo accidental se debe el que hayamos conservado el vocablo latino entre paréntesis y en cursiva al lado del castellano que lo traduce, siempre que el aquilatamiento de la idea lo requiere, así como algunos modos en apariencia chocantes, tales como “en razón doble”, “en razón triple”, etcétera, para indicar el cuadrado, el cubo, etc.; o, también usar promiscuamente cifras y vocablos en una misma operación, pero ejemplo: 5 más siente.

Por fin, se reproducen las figuras de la editio princeps, aunque algunas no sean del todo exactas en sus medidas, porque como dice A. Favaro, “le numerose figure che ilustrano i Dialoghi, le abbiamo riprodotte in facsimile da quello dell’edizione originale, perche alcune di ese non sono puramente geometriche, ma hanno altresi qualche cosa di artistico, che ci piacque conservare; tanto piu che si puo anche congetturare che siano state disegnate dallo stesso Galileo, il quale, como e noto, era valentissimo, in quell’arte”

El diálogo.

Ya dijimos que la obra se compone de dos partes que se entremezclan, pero que se distinguen porque una está escrita en latín y no es dialogada, la otra está en italiano, y se desarrolla en forma de diálogo entre dos personajes: Salvati, Sagredo, y Simplicio. Tiene lugar en Venecia, según se desprende de comienzo de la Primera Jornada.

A propósito de estos tres interlocutores podrían citarse las palabras de Umberto Forti: “Filopo d’Averardo Salviati, de quien podríamos decir que representa al mismo Galileo, fue probablemente discípulo de Galileo en Padua.  Era hijo de una noble familia florentina y una profunda amistad lo ligaba al Maestro, a quien solía recibir a diario en su Villa delle Selve, que se hizo después famosa por las observaciones astronómicas que Galileo llevó a cabo en ella…

“Giovanfrancesco di Nicolo Sagredo representa en el diálogo a la persona culta, a la mente clara y aguda, pero no especializada en el estudio de la matemática, y más todavía desconocedora de las ideas y descubrimientos últimos. Por ello lo vemos muchas veces refutando a Simplicio, pero no desde un punto de vista nuevo, sino simplemente haciéndole notar sus contradicciones. Es, en suma, el buen sentido (y quizá algo más que el buen sentido) puesto como juez entre los aristotelismos  de Simplicio y el galileísmo de Salviati.

“Sagredo, de noble familia veneciana, fue primero alumno de Galileo en Padua, y después cónsul de la Serenísima…

“Simplicio no representa probablemente una persona real. Es verdad que en el Diálogo repite los argumentos con que el Pontífice solía oponerse a quienes defendían el movimiento de la Tierra, pero solo la calumnia puede atribuir al gran Físico el propósito de representar en Simplicio a Urbano VIII.

Simplicio, homónimo del gran comentarista de Aristóteles, encarna simplemente al empirista y al partidario de la filosofía peripatético escolástica”.

Ofrecemos, pues, la primera traducción castellana de Diálogos acerca de dos nuevas ciencias de Galileo Galilei. Para su autor era la principal de todas sus obras y contenía los resultados más importantes de todos sus estudios.

Jose San Román Villasante

Buenos Aires, diciembre de 1944.

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